“No me den aguardiente porque de pronto me mato”

Andrés Restrepo (izquierda), y Juan Mario Laserna (derecha).

Así fue el último día en la tierra de Juan Mario Laserna.

Juan Mario me decía que la infancia de él fue muy dura, muy exigente, muy solitaria. Que no había tenido infancia. En su casa nunca hubo un beso, un abrazo para él, ni por parte de su madre, ni tampoco de su padre. Nunca supo lo que fue celebrar la Navidad. “Andrés, ¿sabe qué me regalaron cuando cumplí diez años? Una vuelta al mundo. Me dijeron, ‘tomé, vaya y conozca el mundo’, ¿usted se imagina, un niño, solo, viajando a esa edad?”, me contó.

Prueba de eso es que en una de las campañas que tuvimos en Ibagué, íbamos hacia una reunión cuando pasamos por la calle Sesenta, en uno de esos lotes donde a veces instalan las ciudades de hierro. Juan Mario la vio y me dijo: “¿Andrés, usted se ha montado en una rueda de esas, mire que yo nunca lo he hecho?”. Pues hizo parar la camioneta, nos bajamos y nos subimos en todas las atracciones. Era además una de esas ciudades de hierro, no sofisticada o bien arreglada, sino una más sencilla, donde se ve todo oxidado o que le suenan hasta los tornillos cuando uno se sube. Duramos horas ahí y se olvidó por completo de la agenda y de las reuniones. Parecía un niño chiquito, feliz de la vida. En la cara se le notaba lo contento.

Yo creo que muchos se aprovecharon de su inocencia, de su decencia en el ejercicio de la política. Él con dos llamadas se conseguía proyectos para el Tolima, acueductos, parques, de diez mil millones o más. Llamaba al presidente, al ministro y quedaba asegurado el proyecto. Pero la organización política era la que ejecutaba, la que conseguía los ingenieros, armaba las licitaciones y él no se metía en eso. Las minucias, la micropolítica le quedaban grandes. Si alguien le pasaba una hoja de vida para un contrato, se enredaba, decía “¿pero qué hago yo con esto?”. Se fue muy dolido con los Barreto ‘grandes’ por lo que pasó en la segunda campaña al Senado, pero él quería mucho a los Barreto ‘chiquitos’, a Miguel y a José.

Una vez se sentó a charlar con el alcalde de un municipio, y este llegó con un ingeniero. Ese ingeniero había construido el polideportivo del municipio, por gestión directa de Juan Mario. El ingeniero le dijo: “doctor, usted no me conoce, pero le quiero agradecer por habernos conseguido el proyecto, yo quiero seguir trabajando con usted”. Luego, el tipo va y saca un maletín pequeño, lo pone encima de la mesa y le dice: “esto es lo que le corresponde a usted”. En el maletín había 125 millones de pesos. Juan Mario le dijo: “usted seguramente sacó ese dinero de rebajar en el cemento, en las varillas. Si la obra quedó mal hecha de pronto se le cae, qué tal que el polideportivo se caiga, puede morir gente, puede morir hasta el hijo del alcalde”. Se levantó muy indignado y así terminó la reunión.

El dinero no le preocupaba si lo había tenido de cuna y bastante. Era muy desprendido, a veces sacaba de los bolsillos, del carro, lo que tuviera y se lo daba a amigos necesitados, o a gente que le pidiera. Un día me dijo: “Andrés, váyase para Santa Marta a pasear”, sacó y me dio un sobre. Yo llegué a la casa, conté el dinero y había ocho millones de pesos. Así era, desprendido. En una ocasión me envío a entregarle un millón de pesos al ‘Burro’, un ‘lasernista’ a morir de Ibagué, un pato, como decimos, pero a él le encantaba hablar con el Burro. Cómo será que así estuviese en una reunión con los ministros, con alguien importante, si lo llamaba el Burro la interrumpía y se ponía a hablar con él. Así era con mucha gente, no ponía barreras pese a su posición política o a su condición social. Amaba venir a Ibagué y charlar con la gente. El primer día, cuando lo conocí, me dijo «necesito comprar ropa, ¿a dónde vamos?”. Yo pensé en un almacén donde las camisas son costosas y que estuviese al nivel de él porque creí que se vestía con las mejores marcas o prendas de diseñador. Terminamos en un local de ropa normal, se compró cuatro jeans y cuatro camisas, pagó seiscientos mil pesos. Esa fue la dotación de la primera campaña.

Juan Mario tenía muy mal genio y padecía de insomnio. Él le echaba la culpa de la falta de sueño a la época en que estuvo en el Ministerio de Hacienda, cuando fue subalterno de Juan Manuel Santos. Arrancaba el siglo y la crisis financiera se desató en Argentina y las economías de la región se fueron ‘contagiando’. Él me contaba que Santos andaba un poco desentendido de la crisis y que le tocó realizar una serie de acciones, de políticas públicas, para blindar la economía colombiana y que no se fuera a ir a pique. De ahí le quedó la costumbre de no dormir bien. El lunes era el peor día para él y para quienes trabajamos a su lado, porque le tocaba atender mucha gente y reuniones. Al final del día se le iba pasando. Era un bipolar absoluto. Podía pasar de la euforia a la tristeza en los momentos menos pensados. Recuerdo una vez que estábamos en campaña en Neiva, y desde que empezó el viaje estaba serio, no hablaba con nadie, a mi me regañó muy fuerte por algo tan simple como fue escribir algunas notas en unas hojas que me pasó. Estábamos en la sede de un periódico de Neiva, esperando a que llegara el director y los periodistas para una entrevista. En ese momento me habló, me presentó excusas y me contó que su esposa, que vivía en Estados Unidos, había perdido al bebé que esperaban. En ese momento Juan Mario se puso a llorar, y justo ahí llegaron los periodistas a saludarlo y todo el mundo se dio cuenta de lo que pasaba. La esposa de él, Christine Balling, trabajaba como guionista de películas en Hollywood.

Laserna, Miguel Barreto, Diego Macías, entre otros. Imágenes tomadas de Facebook.

Él se bajó de Bogotá el viernes (22 de julio de 2016) porque lo invitaron a una feria de cafés en Planadas. No lo invitó Oscar Barreto, sino el comandante del Ejército. Cuando Barreto lo vio lo hizo subir a la tarima. El sábado (23 de julio) fuimos a almorzar con Eduardo Bejarano en Ibagué. En ese restaurante cogió de la mesa un individual, empezó a escribir e hizo unas cuentas que le daban como presidenta a Martha Lucía Ramírez, cuando ella no estaba en las cuentas de nadie, ni sonaba para nada. Se tomó dos o tres cervezas, me llevó a la casa. Entró a la casa, lo que nunca hacía, abrió las ollas, cogió una cuchara de arroz, vio a mi hija, la abrazó y se puso a llorar.

Me dijo “¿qué vamos a hacer mañana? Hagamos unas vistas, yo lo llamo mañana”. El domingo (24 de julio) a las ocho de la mañana llamó, yo le contesté y me dijo que estaba afuera de mi casa. Me arreglé y salí, me dijo “es que en la casa mis hermanas ya me estaban montando el aquelarre”. Imagínese uno un domingo, con un político, no es época de elecciones, ¿a quién llama uno? Se me ocurrió llamar a Clara Alvira, y ella estaba en la Clínica Tolima, visitando a un hermano. Nos vimos en la cafetería de ella, en la calle Trece. Allí él habló de su esposa, que quería recuperar su hogar, lloró, nos tomamos unas cervezas, comimos empanadas. Habló con Clara sobre el futuro de él en la política, de la estructura. Había temas que le provocaban lágrimas, tristeza. Era un tipo muy solo, no era de amigos. Nadie lo llamaba si no era para pedirle plata, para aprovecharse de él.

Nos fuimos para donde Nelson Rincón, un líder del 20 de Julio. No estaba, la esposa nos dijo que estaba en un asado. Él le marcó a Nelson dijo que ya llegaba y que le llevaba un aguardiente. Juan Mario respondió: “no, Nelson, mejor me voy porque si me tomo el aguardiente, me emborracho y después me mato”. Son frases que cuando transcurre el tiempo y luego de lo que pasó, uno las ve en cierta forma como premonitorias.

Salimos de ahí y nos fuimos para la Peluquería Gales, de la Plaza de Bolívar. Había gente, lo saludaron, él se emocionaba mucho cuando veía que la gente lo saludaba con cariño, sin ningún cálculo, sin ninguna doble intención. Ese día estaba muy emotivo. Ahí le tomé la última foto, sentado con la bata.

Luego me dijo que llamáramos al sargento Díaz, el jefe de seguridad de él, que quería despedirse de él. Otra frase que suena a premonición. Yo hablé con él y nos quedamos de ver en la Ferrocarril con 37, pero él no sabía que yo iba a ir con Juan Mario. Díaz llegó en pantalonetas, un poco apenado, y se ofreció a manejar el carro. Juan Mario le dijo que no, que tranquilo, que descansara, que él se iba para Bogotá más tarde. Hasta ahí me acuerdo yo, cuando nos despedimos de Díaz.

El funeral de Laserna. Foto: El Tiempo.

Paulo Laserna me mostró un video, de la cámara de seguridad de una estación de servicio de servicio del sector de Mirolindo, que nos capta a las 11:03 de la mañana, llenando el tanque del carro. Juan Mario se bajó a comprar los periódicos (El Tiempo, El Espectador). Pero yo tengo una laguna desde el momento que te digo. No sé por qué terminamos en ese sitio, si yo no iba a viajar a Bogotá. Yo iba para fútbol y tenía comprada la boleta para el partido Tolima – Once Caldas. No sé qué pasó entre las 11 y las 12:50, la hora en la que fue el accidente. A mí me salva llevar el cinturón puesto y él muere por no llevarlo. Pero es una contradicción absoluta porque siempre que andábamos en el carro era lo opuesto: él siempre se lo ponía y a mí se me olvidaba. Incluso él, por el chip gringo, siempre era el que me recordaba que debía llevarlo puesto.

Pasaron cosas extrañas: ¿cómo se vuelca el carro en una recta de esas?; una señora que venía en el sentido opuesto de la vía, al momento del accidente, me dijo que detrás de nosotros venían una camioneta y una moto, y que pararon un momento y luego arrancaron a toda. Él tampoco corría y según me dijo alguien de la Fiscalía el carro tenía que ir a 140, o 160 kilómetros por hora. El carro desapareció, la Fiscalía dice que está en los patios, pero no se le puede ubicar, tampoco se le hizo un peritaje. Los de la Concesión de la vía me dijeron que llegaron a los pocos minutos al lugar del accidente pero que ya la Fiscalía había acordonado el área. ¿Cómo pasa eso, un domingo, en ese lugar tan lejano, quién les había avisado, si la autoridad casi siempre es la última en llegar? A Juan Mario lo cremaron al otro día, y por ley, cuando hay muertes violentas, eso no se puede hacer.

¿Qué quería hacer él? Decía que no regresaría al Senado porque eso sería atravesársele a Miguel Barreto, quien iba en carrera luego de estar en la Cámara y por no ir en contravía de la decisión tomada por la estructura política, la Casa Barreto. Él quería estar en las presidenciales de 2018, como candidato directamente o como fórmula vicepresidencial de algún aspirante. Decía que quería ser alcalde de Ibagué, pero en unos tres o cuatro periodos porque como la ciudad se está desarrollando hacia la zona de la meseta, donde él y la familia poseen tierras, no quería que dijeran que siendo alcalde había favorecido el desarrollo del municipio hacía donde él podría tener un interés particular.

Laserna hablaba inglés, francés, italiano, portugués. Con el alemán no pudo. En una ocasión le contesté el teléfono y era Lula da Silva, quien en ese momento era presidente de Brasil. Ellos hablaban mucho y Juan Mario lo asesoraba, ambos hacían parte del Foro Económico Mundial. Lo vi hablando también con Hillary Clinton.

Yo digo que Juan Mario me hizo un gran daño. Después de haber trabajado nueve años con él, uno mira por encima del hombro al que sea. Ni ministros, ni presidentes, nadie está al nivel del él. Ni al nivel político, ni intelectual, ni moral. ¡Ni de honestidad! Todo político se enriquece con la política. A Juan Mario le pasó al revés: se empobreció con la política.

*Este relato se elaboró a partir de una entrevista realizada al periodista Andrés Restrepo Falla.

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