Luis Carlos

Por qué entregaron a Ana

“Sé muy bien que en ese caso el círculo de personas en torno a mí se reduciría bastante, pero ¿qué importaría que no me quedaran sino unas pocas personas? Pocas, pero sinceras”, (Ana Frank).

Con angustia imaginé el momento en que los Nazis entraron al edificio y buscaron justo donde sabían que tenían que buscar… detrás de los muros, ahí, justo ahí, en donde estaba Ana y su familia.

Con angustia imaginé el rostro de Ana y, por supuesto, el de su familia y la familia que los acompañaba en ese refugio que durante tanto tiempo o tal vez, tan corto tiempo, había logrado resguárdalos del horror y el espanto.

Imaginé también el miedo recorriendo su cuerpo, de arriba abajo y de abajo arriba, colándose con violencia entre sus médulas, rompiendo cada uno de sus nervios, helando su sangre y sus sentidos hasta llegar a sus cerebros causándoles la aceleración más aterradora de sus corazones al punto de llegar a sentir que no podían respirar.

Sí, fue algo espelúznate seguir sus letras con tanto detalle; vivir a través de su diario cada momento, cada instante; conectar mi cerebro con el suyo y casi, casi sentir lo que ella estaba sintiendo durante su encierro.

“Ahí está lo difícil de estos tiempos: la terrible realidad ataca y aniquila totalmente los ideales, los sueños y las esperanzas en cuanto se presentan. Es un milagro que todavía no haya renunciado a todas mis esperanzas, porque parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, sigo aferrándome a ellas, pese a todo, porque sigo creyendo en la bondad interna de los hombres.

Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo cómo todo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y, sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esta crueldad también acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial.

Mientras tanto tendré que mantener bien altos mis ideales, tal vez en los tiempos venideros aún se puedan llevar a la práctica…”, Ana Frank, 15 de julio de 1944.

Sin embargo, lo más brutal fue llegar a la última página en donde ya no hay nada, ni un punto o una coma, ni una expresión, una frase o un párrafo en donde se describa al menos un hálito de esperanza que les salvara de la muerte:

“Voy a pedir a la redacción de De Prins que publiquen unos de mis cuentos de hadas; bajo seudónimo, naturalmente. Pero como los cuentos que he escrito hasta   ahora son demasiado largos, no creo que vaya a tener suerte. Hasta la próxima, darling., Tu Ana M. Frank-(21 de abril de 1944).

Todo ocurrió de repente, como suele pasar y entonces, el amor, la ilusión, el mismo aire y la vida se esfumaron. Todo fue así y lo que es peor, nunca sabremos por qué entregaron a Ana ya que, las hipótesis y señalamientos pierden validez cada vez que se confrontan.

Lo que sí sabemos es que la historia de Ana se repite en el tiempo y el espacio de esta humanidad agobiada y doliente. Para no ir muy lejos tenemos a nuestra amada Colombia y a todas esas víctimas inocentes que han caído en las manos de verdugos armados y de cuello blanco a quienes no les ha temblado la mano para mandarlos a exterminar y para exterminarlos.

Todas esas víctimas que al igual que Ana, les han entregado a sus asesinos sin razón ni motivo. Todas esas víctimas que han tenido que esperar a los monstruos que han erigido los que tienen el poder.

Leyendo a Ana Frank, no dejo de pensar en la angustia aterradora de todas esas cientos de miles de víctimas de mi país de todo el mundo que han tenido que esperar ahí, justo ahí en donde saben que les van a encontrar.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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