Verónica se queda en casa

Imagen de referencia.

Serie de textos literarios y periodísticos para reflexionar en esta cuarentena.

Acababa de enterarme de la noticia que llevábamos una larga semana esperando: decretaban la cuarentena por cuenta de un tal virus que dizque terminaría matando a medio mundo. Catorce días de encierro obligado. Y yo que siempre pensé que una cuarentena duraba cuarenta días.

Pero en fin, las cosas sucedieron con rapidez.

Cuando llego a casa me encuentro a Verónica apoyada contra la puerta. Algo así como las cinco de la tarde. Un par de maletas, una a cada lado de sus piernas, ligeramente separadas, como desafiante, pero sin ser desafiante.

Aunque llevaba puesto un tapabocas de un azul celestial, se le notaba en los ojos que había dormido mal las últimas noches, pero igual fue sincera y no dio ningún rodeo. Me dijo que estaba pasando por un mal momento: que no se trataba de llegar con tos, ni fiebres altas, ni escalofríos, ni respiración afixiada, No te preocupes que de salud como una quinceañera: se trataba tan sólo que se había quedado de pronto sola y sin trabajo, Esta no tiene contagio del tal virus, me tranquilice para mis adentros.

En ese inesperado encuentro también tuvo mucha importancia nuestra particular relación: Verónica es la madre del novio de mi hija. Y un día, con suerte, Verónica será la abuela de mis nietos.

Yo entonces estaba viviendo sola, pero un especial sentido de la solidaridad en los momentos aciagos que empezábamos a vivir, o a sobrevivir, hizo que le ofreciera a mi consuegra un lugar en casa, ya que si había algo que me sobraba era el espacio, desee que había quedado viuda hace ya más de un par de años, Que Dios lo tenga donde lo tenga a mi difunto marido.

Le aclaré desde el principio que nuestra mutua convivencia tenía que ser moderada, independiente, liviana; que quería seguir sintiéndome tan libre como hasta ese momento, que no usaríamos tapabocas azul celestial ni guantes látex de cirugía, porque visto estaba que no teníamos, ninguna de las dos, contagio alguno, pero que al primer estornudo suyo, tendría que marcharse de mi casa, y ella a todo me respondió que si, que si, que no habrían problemas.

Y dejé que Verónica se instalara en mi casa, en el cuarto de costuras, que también hacía las veces de habitación de huéspedes.

Y empezaron a suceder las cosas.

Detesto que me despierten. Lo hago todos los días a la misma hora y por si las dudas, tengo puesto el reloj despertador sobre mi mesa de noche, se lo aclaré, todo entendido. Pero al tercer o cuarto día golpeó mi puerta y llamó con cierto acento musical: » Merci…»,(es como me dicen los de confianza en vez de llamarme Mercedes ), Ya voy, le respondí medio enfadada, pero igual, abrió y entró con el desayuno. ¿Qué podría yo hacer…? Lo tomé amablemente y luego le aclaré que no me gusta tomar el desayuno en la cama, Parece que entendió.

Al día siguiente me llevó café negro, jugo de naranja y tostadas con mantequilla en una bandeja, ah, y un par de huevos revueltos con jamón, mientras me contaba que en la tele decían del aumento de los muertos por la pandemia. Empecé entonces a levantarme cada vez más temprano para evitarla, pero a ella también le dio por madrugar. Al cabo de una semana ya casi no dormíamos.

Verónica de pronto consiguió trabajo, o mejor dicho lo que empezó a llamarse teletrabajo, y durante todas las mañanas se ocupaba ahora frente a la pantalla de mi portátil, hace turnos rotativos, dicho sea que sin moverse de casa, y cuando queda ligeramente vacante al mediodía, prepara suculentos almuerzos.

Yo odio almorzar porque me parte en dos el día, me inflama el estómago, me llena de gases, me da sueño. Ella no le da mucha importancia a mis caras de disgusto, supone que es un resto de rebeldía adolescente y me obliga a comer, partiéndome los días y las noches, preparando abundantes cenas y reportándome el número de muertos que sigue aumentando en las redes, en la tele, Y que yá se vino de la China y de Europa y se está metiendo en la América nuestra, palabras de ella.

Suelo encerrarme en mi habitación ahora para no toparme con ella ni sus noticias siniestras del virus, pero cuando en algún momento, salgo a hurtadillas, la encuentro esperándome con la mesa puesta, la comida tibia, a veces fría ya, y una sonrisa de oreja a oreja, literalmente de oreja a oreja, y tengo obligatoriamente que cenar. Me duermo entonces tarde, llena, pesada, molesta. Y me cuesta mucho dormir en la noche y levantarme a la mañana siguiente. Y con tantos platillos, tanto almuerzo y tantas cenas, ni hablar de la ropa, que ahora me queda más chica. Ella es delgadita, y por mucho que traga no engorda como yo, y se las sabe arreglar para usar la ropa que ya no me entra. Y encima de todo le queda muy linda.

No importa donde se encuentre cuando suena el teléfono, da saltitos acrobáticos y siempre lo atiende. Con sospechosa frecuencia responde: «número equivocado». Y mensajes ni llamados, hace mucho tiempo que no recibo de nadie.

Cambió de lugar las plantas y el antaño ritmo inalterable de su riego; clasificó y ordenó por orden alfabético mis libros en la biblioteca; mudó de paredes los cuadros de la sala al estudio y viceversa; mira el aumento de los muertos por la pandemia y otras noticias siniestras en la tele y nunca me deja ver las películas que me interesan. Y además ocupa siempre el computador para su eventual teletrabajo y para hablar con los muchachos (nuestros hijos).

Le dije, le insinué, y más tarde le rogué que no me invada. Me explicó que me cuida por cariño, que no cree en mi gusto por la soledad, y que, en última instancia, seré la abuela de sus nietos. Hasta las mismas palabras mías usa.
Cada mes, subo al techo para limpiar las canaletas y las tejas, que se llenan de hojas secas y mangos maduros del árbol de los vecinos, y este periodo de cuarentena no sería la excepción. Y el día que estaba en la limpieza, el día catorce del encierro, para ser exactos, Verónica quiso subir a ver cómo se veía el barrio desde arriba, No, no y no, le dije primero, pero ella insistió. El impulso fue incontenible, el empujón, brutal, pero el árbol de los vecinos frenó su caída y solo se quebró las dos piernas.

Ahora me esperan unos meses para pasearla en silla de ruedas, cuidarla con devoción.

Verónica sonríe, de oreja a oreja, y piensa en sus nietos que un día serán mis nietos.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo.
Cuarentena de mayo y de 2020.

Deja un comentario