Luis Carlos Rojas Garcia
Imagen: suministrada.

Y no necesita tu aprobación

Hay una frase por ahí que dice algo así como: “Hitler no llegó a ser Hitler por ser Hitler”; y, aunque la frase parece una suerte de trabalenguas, la verdad es que tiene mucho sentido.

De hecho, la frase aplica para todos y cada uno de los grandes y dementes dictadores que han tenido las distintas regiones o países del mundo a lo largo de la historia de la humanidad.

Entonces, no me equivoco cuando afirmo que un hombre o una mujer pueden tener toda la condición para llegar a ser los más grandes dictadores del mundo; lo pueden manifestar desde que son niños e ir fortaleciendo su condición hasta demostrar que tienen con qué.

Sin embargo, sin la ayuda de alguien más y, sobre todo, sin la ayuda de gente con poder, mi pequeño o pequeña, prospecto de dictador o dictadora, no es más que eso, un prospecto.

Por esta razón, don Pablo no llegó a ser el narcotraficante que fue simplemente porque era Pablo y porque tenía buenas ideas. Tampoco, la guerrilla, que ahora sabemos ha venido trabajando de la mano de la gente de bien, pudo llegar a tener el “poder” que tuvo porque era solo la guerrilla y así puedo nombrar desde los más grandes como Hitler, hasta los más pequeños como el Ejército colombiano o el gamonal Álvaro Uribe Vélez a quien va dirigido este texto.

El señor de las tinieblas, el innombrable, el paraco o el matarife, entre otros nombres como se le conoce, no llegó a ser quien es, ni a tener el poder que tiene, por ser simplemente un muchacho con cara de santo, no.

Este personaje siniestro, que pasó de ser un jovenzuelo de gafas y apariencia inofensiva, a un tierno abuelito con mucho amor por el país, es quien ha venido dando órdenes en medio de su demencia de poder y no necesita tu aprobación.

De hecho, este cáncer parlante, que le ha hecho tanto daño al país en medio de su locura y insaciable afán de controlar a Colombia y a su gente y quien ha visto nuestro territorio como su finca personal, en los últimos días le gritó en la cara a los colombianos que él dio la orden para que se llevara acabo la nefasta y sangrienta operación Orión que ya todos conocen y que saben que se vino después de ahí.

Por supuesto, esta confesión pasó de agache en los medios que están a su servicio y lo peor, pasó de agache para sus fieles y ciegos seguidores que, incluso, el día que Uribe aceptó dar la orden, gritaba con éxtasis su nombre.

Por todo esto y más, no cabe duda que el poder viene acompañado de una maquinaria mucho más poderosa que es capaz de arrasar con pueblos enteros y, aunque los criminales se empeñen en esconder sus fechorías, tarde o temprano, en alguna plaza pública, terminarán confesándolo todo porque, cada cosa que ocurre… es un hecho Sam.

Por: Luis Carlos Rojas García Kaell de Cerpa, escritor.

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