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Aranda rompe definitivamente con la sombra de Hurtado

Es un secreto a voces que la alcaldesa de Ibagué, Johana Aranda, llegó al cargo con el respaldo del entonces mandatario Andrés Fabián Hurtado. Pero sería un error político —y también analítico— reducir su triunfo únicamente a ese apoyo. Ganar la Alcaldía de la capital tolimense exige mucho más que una bendición política: requiere liderazgo propio, conexión con la ciudadanía y la capacidad de sostener el poder cuando empiezan las presiones.

Durante los primeros meses de gobierno, muchos interpretaron los roces entre el exalcalde y la mandataria como un libreto político para aparentar independencia. Con el paso del tiempo quedó claro que no era teatro. Una cosa es agradecer respaldos electorales y otra muy distinta gobernar bajo tutela. Aranda entendió pronto esa diferencia y comenzó a marcar distancia.

El distanciamiento no ocurrió de la noche a la mañana. Fue más bien un proceso político inevitable: mientras la imagen del exmandatario entraba en una fase de desgaste, la alcaldesa empezó a consolidar un estilo propio de gobierno y a reorganizar su administración. En ese camino también aparecieron versiones de tensiones internas y presuntas maniobras políticas que reflejaban el choque entre dos formas de entender el poder. Más allá del ruido propio de la política, la mandataria optó por lo que al final termina pesando: gobernar.

Hoy los efectos de ese punto de quiebre empiezan a reflejarse en el escenario político local. La imagen de Aranda muestra signos de fortalecimiento y su liderazgo comienza a afirmarse con agenda propia. En contraste, el panorama político del exalcalde luce más complejo: su apuesta electoral reciente no produjo los resultados esperados y su capital político enfrenta un evidente desgaste.

La alcaldesa, en cambio, llega a esta nueva etapa con activos importantes: liderazgo en la ciudad, cercanía con la ciudadanía y relaciones políticas en el Congreso surgidas de las elecciones legislativas del pasado ocho de marzo. Ese capital puede resultar determinante en las decisiones que vendrán de cara al próximo ciclo político regional.

Pero más allá de los cálculos electorales, hay un mensaje que trasciende la coyuntura. En una política local que durante décadas ha estado marcada por estructuras de poder tradicionales, ver a una mujer ejercer el mando con autonomía envía una señal distinta: gobernar no significa heredar obediencias, sino asumir responsabilidades.

Al final, la política tiene momentos en los que un dirigente debe decidir si gobierna bajo una sombra o si se atreve a caminar con luz propia. Johana Aranda tomó esa decisión. Y desde entonces, más que la heredera de un proyecto político, empezó a convertirse en la autora de su propia historia.

Este es un editorial de A la luz Pública.

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