No hay nada más efímero y etéreo que un cargo público; más aún si se trata de uno de libre nombramiento y remoción, o de una simple prestación de servicios. Muchos —me incluyo— hemos pasado por ellos y sabemos que son el sol de un día, y que en la memoria de las personas solo quedará la forma en que las tratamos mientras ostentamos ese poder temporal.
Lo primero y más importante es entender que el servidor se debe a la ciudadanía por encima de todo. Su salario u honorarios provienen directamente de los impuestos de la gente. Por lo tanto, en lugar de mirar a los ciudadanos por encima del hombro, el funcionario debería recordar que es gracias a ellos que lleva el sustento a su mesa. Quien acude a una entidad pública a realizar un trámite no está pidiendo un favor ni suplicando caridad; está asistiendo ante un empleado que tiene la obligación legal y moral de atenderlo.
Es cierto que es un mandatario —sea nacional, departamental o local— quien le otorgó la oportunidad de estar ahí entre muchos aspirantes. Sin embargo, hasta ese jefe (que al menos fue elegido por voto popular y no a dedo) sabe perfectamente que es la ciudadanía la que le permitió ostentar esa dignidad.
Un presidente, un gobernador o un alcalde no es el dueño del territorio que dirige; es apenas un administrador de recursos ajenos. Sus subalternos son funcionarios con la tarea técnica y humana de ayudarle a cumplir las metas de un gobierno ajustadas a un Plan de Desarrollo, no cortesanos para halagar su ego.
El problema radica en esos «servidores» que creen haber tocado el cielo con las manos al recibir miserables cuotas de poder. Secretarios de despacho que empiezan a conducirse como vedettes y confunden la gestión pública con una pasarela. Se comen el cuento de la autoridad y olvidan que su importancia es estrictamente proporcional a la utilidad de su función.
No les pasa a todos, pero sí a varios. Alguna vez presencié cómo, en un acto de rendición de cuentas, las palomitas de maíz destinadas a los ciudadanos invitados terminaron siendo devoradas por los mismos funcionarios y contratistas. En lo pequeño se retrata lo grande; el desdén se nota en los detalles.
El asunto es complejo porque domesticar el ego no es tarea fácil. La gran mayoría de las personas tiende a sobrevalorarse. A veces tiene que ser la propia naturaleza, con su fragilidad implacable, la que nos recuerde lo volubles que somos. No nos creamos tanto.
Capítulo aparte merece el periodismo, que muchas veces se encarga de ensalzar a quienes ya están envueltos en su propia vanidad, alimentando un círculo vicioso de lisonjas. Quienes están en el poder jamás deberían olvidar lo que somos: simples bombas de helio en un mundo lleno de alfileres.
Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Editor General
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad