VIDEO Se disfraza de La Muerte y asusto a todos en el hospital
Imagen de referencia.

El paseo de la muerte

Luis Carlos Rojas García
Luis Carlos Rojas García

(De las historias que ocurren en el paraíso, pero que nadie quiere contar).

Los nombres los protagonistas de esta historia han sido cambiados.

A eso de las 10:00 am Chepe recibió una llamada de su esposa Anita, diciéndole que tenía un pequeño sangrado y que había manchado su ropa interior. En otro momento, la situación para la familia Rivera hubiese sido sencilla. Anita, recordando sus épocas de colegio, se hubiese puesto un saco alrededor de la cintura o simplemente, hubiese pedido permiso en el instituto para marcharse a su casa. Sin embargo, cuando se tienen tres meses de embarazo, la situación es a otro precio.

Sobre medio día, Chepe tuvo que abandonar el trabajo e ir corriendo a buscar a su esposa, quien, para ese instante, tenía un abundante sangrado acompañado de unos cólicos de parto que la hacían temblar del dolor al punto de sentir que se iba a desmayar.

Sobre las 12:30 del mediodía llegaron a un hospital cerca a su casa con la esperanza de ser atendidos. La espera, a pesar del intenso sangrado, duró casi dos horas. Dos largas y escabrosas horas en las cuales Anita tenía que pedir ayuda a su marido para que la acompañara al baño.

Cuando por fin les dieron vía libre para entrar al consultorio, Chepe tuvo que esperar afuera mientras Anita era, supuestamente atendida. Para su sorpresa, la atención no era lo que ella esperaba o, al menos, lo que ella había recibido en otros lugares o había escuchado que hacían los centros de salud cuando una mujer llegaba en sus condiciones.

Chepe tuvo que regresar a su casa para recoger a su pequeño hijo quien salía justamente en ese momento de la escuela. Mientras tanto, Anita se debatía como una fiera para que por lo menos la dejaran estar sentada mientras esperaba unas pruebas de sangre.

El tiempo siguió su curso y sobre las 4:00 de la tarde les dijeron que el hospital no tenía cómo hacerle una ecografía transvaginal y fue en ese momento cuando comenzó el paseo de la muerte.

Chepe y su mujer recorrieron varios lugares en donde la respuesta era la misma por su estatus:

“Si no tienen la carta de salud del país no los podemos atender y si los atendemos tendrán que pagar más de 15 mil dólares”. 

Tres días duró Anita dando vueltas de aquí para allá. Tres días con un sangrado que no se detenía y que le hacían sentir que se estaba desgarrando por dentro. Tres espantosos días en donde el resultado fue la pérdida de su bebé gracias a la negligencia de un país cuyo sistema de salud no es que muchos dicen que es.

Lo más abrumador del caso es que ni pagando les brindaron una buena atención. Simplemente, los mandaban para la casa de una manera indolente que nadie entiende.

Así es, se suele decir que el sistema de salud de Colombia es de lo peor, y no vamos a negar que tiene todas las deficiencias del mundo, pero, que en un lugar como el paraíso ocurran cosas como estás es de no creer.

Que en un país que supuestamente ostenta un lugar privilegiado entre los mejores países del mundo en donde la gente vive tan bien, se presente algo como esto, no tiene presentación, ni nombre, ni nada.

El caso de la familia Rivera no hace parte de una suerte de lotería, no, es más común de lo que se creer. Incluso, los mismos nacionales se quejan de la deficiencia en el sistema de salud que es más clara que el agua, como dice la frase popular.

Sin embargo, en los medios y en las redes se sigue pintando al paraíso como eso, un paraíso en donde todo es tan perfecto que los médicos formulan a sus pacientes que vayan a dar una vuelta por algún parque nacional para que se les quiten todos los males.

Tal vez por eso, se hace necesario decir que todo aquel que quiera abandonar su país por venir a buscar una supuesta mejor calidad de vida, revise, investigue, se asesore, indague y, sobre todo, no trague entero porque aquí como en Colombia y en otras partes del mundo, si uno se descuida, lo pueden estar dejando morir en un paseo al que nadie, absolutamente nadie, quiere ir.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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