El impacto del poder en la personalidad de los individuos siempre ha oscilado entre dos teorías. Una señala que el poder si cambia a la gente, mientras que la otra considera que el poder no cambia a nadie, sino que, en su nueva posición jerárquica, en su nuevo pedestal terrenal por ínfima que sea, ya no tienen necesidad de fingir y, por lo tanto, la persona se comporta tal y como es en esencia, muestra su grandeza, su magnanimidad o, por el contrario, su pequeñez y complejidades.
Tanto las virtudes de las personas justas, como las “debilidades” de las no tan justas, no son exclusivas del sector público, quizá más notorias por la naturaleza del servicio, porque también las hallamos en todas las actividades del ser humano. Digamos que las personas con estas alteraciones, en la simplicidad de la vida, no pasarían de ser individuos fastidiosos y objeto de cuidado o burla.
Es que pasar de la arrogante expresión “usted no sabe quién soy yo” a la histórica sentencia de Luis XIV de Francia “el Estado soy yo”, hay todo un abismo social.
Pero transitando un poco más allá en este espinoso campo, escalando mucho más en la pirámide del poder, encontramos lo que los investigadores denominan como “sicología política”, el asunto se complica porque aparece el concepto de la tríada oscura de la personalidad, caracterizada por tener tres rasgos de base: maquiavelismo, narcisismo y psicopatía. Hay quienes, no todo el mundo, con una gota de poder desbordan sus facultades, abusan de sus cargos, se vuelven déspotas, arrogantes, ególatras, maltratadores, autoritarios, abusadores, el nepotismo y el amiguismo son su pasatiempos, se tornan arbitrarios, se vuelven desconfiados, no tienen empatía ni conexión con los sentimientos y necesidades de los demás, caen en el abuso del poder y rematan con actos de corrupción, porque creen que “su poder” es infinito y que la justicia jamás los alcanzará.
Hay personas que escapan a estas características, son muy buena onda, ejemplares, pero su actitud no debe ser la excepción, sino la regla general como una condición fundamental por la dignidad, la justicia y la igualdad de la sociedad.
Hace dos años, el presidente colombiano, en entrevista con la directora del periódico El País de España, María José Bueno Márquez, a la pregunta: ¿Casi 10 meses en el poder que le han enseñado a Gustavo Petro que no supiera? a lo que respondió «que la gente cambia en el poder, es algo que siempre me sorprende, pero ya sé que ocurre. El poder es una droga y en personas que no están preparadas para resistirla terminan cambiando completamente su personalidad, su visión, su percepción de la realidad, aislándolo como hacen las drogas».
La aseveración de Petro guardaba relación con los hechos que desataron la salida de tres de sus ministros que se alejaron de las políticas gubernamentales, según él. Pero también en esa oportunidad agregó que “incluso la adicción a esa droga lleva a matar, lleva a estas guerras”, refiriéndose a la confrontación entre Rusia y Ucrania.
El presidente Petro también señaló que el poder “lleva a conflictos dentro de la sociedad que a veces son fáciles de prender y difíciles de apagar” y de eso sí que sabe nuestro mandatario.
Terminó su reflexión dando a entender que está “vacunado” contra esta enfermedad, al señalar que “una persona no se debe dejar atrapar del poder. Esa es una regla, yo la aprendí en la alcaldía de Bogotá, es una regla que hay que mantener”.
A todas luces sabemos que esa adicción al poder es quizás una condición que se diferencia en los objetivos que cada persona persigue. No es exclusiva de ninguna ideología, como no lo es la nefasta corrupción. No es propio de la oligarquía, del comunismo, del progresismo, porque en todos los bandos hay personas conscientes del deber ser. Aquí lo aberrante es que generalizamos y censuramos a los oponentes “ideológicos” sin mirar la viga en el propio ojo.
Concluyendo esta nota me encontré en el ciberespacio con esta otra alteración mental conocida como el “síndrome de Hubris” que se define como “un trastorno que se caracteriza por generar un ego desmedido, un enfoque personal exagerado, aparición de excentricidades y desprecio hacia las opiniones de los demás”.
En estos tiempos tan convulsionados, donde minimizamos la concepción de democracia al simple ejercicio de las elecciones, a sabiendas de cómo se obtienen los resultados y conscientes de que democracia es mucho más que eso, cuando ya hasta surgen aprendices golpistas, cuando tenemos más de 65 precandidatos a la presidencia de Colombia y una inmensa incertidumbre por el intenso ruido de que Petro se quiere quedar en el poder, aunque él lo niegue, es necesario que todos los ciudadanos con amor propio recapacitemos y definamos sobre la patria que queremos y sepamos escoger entre un gobernante que ejerza el poder como un honesto ejercicio social de servicio o alguien que busque el mandato como un instrumento para su satisfacción y el de su entorno.
La decisión no es entre partidos o ideologías, la definición es sobre personas, sobre conciencias, calidades humanas, respeto y empatía con las necesidades de un pueblo cada vez más pisoteado.
Aquí cabe reflexionar sobre un momento histórico que vivió Colombia hace 77 años, cuando tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la necesidad de recomponer el gobierno de Mariano Ospina Pérez como una salida bipartidista a la crisis gubernamental y de violencia extrema, el expresidente Darío Echandía Olaya, pronunció la frase “¿el poder para qué?”, cuestionando el propósito y la finalidad del poder político, en donde este sin unos objetivos nobles, con ética y moralidad, pensando en el bien común, no tiene ningún sentido.
En otro lugar del continente, en Chile, año de 1970, en una advertencia sobre la codicia, palabra de uso habitual de Petro para censurar a la derecha, pero que también ha contribuido tanto al desprestigio de su gobierno, el presidente Salvador Allende, señaló vehemente que “En este Gobierno se podrán meter los pies, pero jamás las manos”.
Por Miguel Salavarrieta Marín
Periodista independiente.
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad