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El acoso: la herencia que nos negamos a enterrar

Por fin, un flagelo que existe desde la prehistoria parece —por presión social y en plena era de la inteligencia artificial— empezar a sentir que debe agonizar hasta su muerte.

Esa agonía, sin embargo, puede prolongarse. El pensamiento vetusto, retrógrado y patriarcal aún tiene especímenes que lo alimentan y se resisten a evolucionar.

Aunque parezca increíble, son muchas las mujeres que toleran comportamientos machistas porque ven en ellos rasgos de liderazgo, así provengan de abusadores. A quienes rompen ese molde los tildan de “princesos”, débiles o con baja testosterona.

Desde los abuelos —y los abuelos de esos abuelos— se enquistó la absurda idea de que el “hombre, hombre” es mujeriego, morboso, el que propone y ante el cual la mujer dispone. Una colección de conductas que reduce al género masculino a un pedazo de carne gobernado por su instinto.

Por eso, algunos hombres con poder creen que tienen vía libre para acosar a mujeres jóvenes que quieren surgir. No hablo del hombre soltero que corteja, sino del casado que ve en la mujer una mercancía sexual.

Muchas acceden y se convierten en amantes. Mi experiencia de dos décadas en el sector público da cuenta de jovencitas que, a cambio de un contrato, terminan apadrinadas sexualmente por quienes ostentan poder y abusan de él. Es un secreto a voces.

No nos rasguemos las vestiduras: lo ocurrido en Caracol es apenas la punta del iceberg de lo que se vive en muchas empresas privadas y, ni qué decir, en el sector público, donde el mérito se sustituye por amiguismo o, peor aún, por trueques sexuales.

Esto debe cambiar. Y qué bueno que hoy sean mujeres quienes gobiernan en Ibagué y el Tolima, para que sea el mérito —y solo el mérito— el que defina quién, hombre o mujer, deba ser contratado.

Se trata de algo elemental: que nadie sea elegido por una cara bonita o un cuerpo atractivo. Debería ser el talento el que determine la aceptación de un currículum. Ese día se les acaba el paseo a los acosadores… y también el negocio a quienes se prestan para ese juego.

Falta mucho camino por recorrer, sí. Pero lo que falta no es tiempo: es decisión. Porque mientras sigamos justificando lo injustificable —desde el poder o desde la conveniencia—, el acoso no será una herencia del pasado, sino un negocio vigente.

Y las herencias que no se entierran a tiempo terminan pudriendo a quienes insisten en conservarlas.

 

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General

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