El siglo XIX se acercaba lentamente a su final, al ritmo triste que impone una sociedad en permanente conflicto que no genera sino odio, desolación y muerte, pero aún faltaba el más horrendo, traicionero y vergonzoso de los actos para cerrar la centuria en la aldea del Líbano: el asesinato de su líder y fundador, el general Isidro Parra Parra, el 17 de marzo de 1895, a la temprana edad de 55 años.
Días antes de este luctuoso episodio, el general Parra “tomó armas en la última guerra y contra el sistema reinante”, un conflicto había en donde las fuerzas liberales intentaron infructuosamente retomar el poder gubernamental que estaba en manos de una coalición de nacionalistas, conservadores y de algunos liberales independientes.
Pero esa guerra en territorio del Tolima la ganó el gobierno y “poco después el General Parra depuso las armas, pasado un combate en Río Recio, y se arrinconó por allá en escueto rancho de las montañas del Líbano” hasta donde llegaron sus victimarios y lo asesinaron, sin causa y traidoramente, quizás, por señalamiento de su paradero por parte de “malaventurados enemigos o agentes del nuevo gobierno del Tolima”, señala Augusto Ramírez Moreno, en el libro de las Arengas, publicado en 1941.
El cuerpo del patriarca fue amarrado desnudo a un tronco de madera, y lo trasladan al casco urbano del Líbano donde lo abandonan en la plaza, hasta que un amigo le dio sepultura en el solar de la casa de unos parientes; pues el párroco no permitió enterrarlo en el cementerio católico.
“¿Quién lo mató? – Una comisión fullera, restauradora de crímenes, con sed de hazañas que agradaban a la parte oficial y que salió en busca de Parra por montañosos senderos, segura de hallar presa de muchísimo valor.”, agrega el político conservador y orador Ramírez Moreno quien subraya que el crimen fue cometido por una comisión del Batallón Hilachas en asocio con el entonces alcalde del Líbano.
133 años después, recordamos este vergonzoso episodio como un momento de reflexión en estos tiempos difíciles de la patria y así también honrar la memoria del más grande de los libanenses, víctima de la conspiración del silencio, como anotó otro de sus primeros biógrafos.
Por: Miguel Salavarrieta Marín
Comunicador social y periodista.
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