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Menos versos, más civismo: el verdadero regalo para Ibagué en su cumpleaños

En un reciente taller con los medios de comunicación locales, el director de Seguridad y Convivencia de la Alcaldía de Ibagué, Sergio Saavedra, compartió una estadística que debería estremecernos: el 70 por ciento de los homicidios en la capital del Tolima tienen origen en hechos de intolerancia.

Mientras en otras ciudades estos delitos suelen estar asociados con el sicariato, el narcotráfico o los ajustes de cuentas, aquí la mayoría se deben a riñas, discusiones o simples arrebatos de ira.

Ese dato, más que una cifra, es un espejo incómodo de lo que somos.

El filósofo Aristóteles decía que “el valor de una ciudad reside en la calidad de sus ciudadanos”. Si la realización del ser humano depende de su vida comunitaria, como sostenía el griego, entonces —hay que admitirlo— nos estamos rajando como sociedad.

Cada vez que llega el 14 de octubre, aniversario de fundación de Ibagué (en 1550, por Andrés López de Galarza), florecen las publicaciones poéticas y los mensajes nostálgicos en redes sociales. Abundan los “Nerudas” de ocasión que recitan amor a la tierra firme.

Y no está mal, porque esta ciudad es realmente hermosa: su clima templado, los paisajes del Cañón del Combeima, la Reserva de la Martinica, y los ocobos que pintan de rosa sus calles son postales que cualquier visitante envidia. Pero amar una ciudad va más allá de escribirle versos.

Qué lástima que la mayoría de esas prosas, canciones y homenajes se queden en gestos vacíos. Ibagué no necesita más amor de palabra, sino amor en acción. Nos faltan ciudadanos comprometidos, que trabajen en equipo y con propósito común.

Las declaraciones de cariño sin civismo son pura escenografía.

El mal ejemplo empieza por arriba. De nada sirve tener ministros o altos funcionarios tolimenses si su relación con el gobierno local y departamental es nula o conflictiva. Aquí los egos pesan más que los proyectos. Cada mandatario actúa por su cuenta, lanza pullas y defiende su parcela política.

Amar a Ibagué es empujar el carro hacia el mismo lado, sin importar quién lleve el volante. Se demuestra amor cuando se reconocen los aciertos —aunque vengan del rival—, y se critican los errores con argumentos, no con resentimientos.

Lo otro, lo que abunda, son aduladores profesionales y opositores de tiempo completo, ambos sin compromiso real con la ciudad.

Ibagué necesita líderes que amen más a su ciudad que a su partido. Gerentes con visión, que entiendan que pensar en grande implica dialogar con el que piensa distinto. No se construye desarrollo desde la trinchera ni desde la conveniencia electoral.

Pero también se necesita educar en civismo. El respeto por la vida, por la diferencia y por el espacio público empieza en casa y se refuerza en las aulas. No hay futuro posible cuando en las calles reina la anarquía y la intolerancia se vuelve costumbre.

Desde tiempos remotos —cuando los primeros grupos humanos se asentaron en comunidades y dieron origen a la política—, las ciudades han sido el reflejo de su gente. El progreso de un territorio no lo define su geografía, sino la calidad moral de sus habitantes. Hay lugares con menos recursos naturales que Ibagué, pero con ciudadanos más solidarios y comprometidos, y eso marca la diferencia.

El mejor regalo para la ciudad, en sus 475 años, no son los versos ni las flores, sino el ejemplo cotidiano. Revisar nuestros valores, practicar la empatía, respetar las normas, y enseñar a los hijos a querer su entorno.

Las ciudades no se engrandecen por decreto ni por historia: las hacen grandes sus ciudadanos.

“Ibagué, capital musical”, sí… pero hoy más que nunca necesita afinar su partitura cívica.

Menos versos y más acciones.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General.

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