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Luis Carlos Rojas Garcia

Pasta italiana

Le recomiendo Monsieur Carlos que pruebe la comida.

—¡Usted está completamente loca si cree que yo me voy a comer esa porquería!

—Tengo que decirle que no es para nada gentil su respuesta Monsieur Carlos.

— ¡Escúcheme muy bien enfermera! Durante más de treinta años trabajé en un hospital y yo mismo les servía esa bazofia a los pacientes. Por eso le digo que no me la pienso comer.

Monsieur Carlos, voy a dejarlo por un momento mientras prueba su cena; de verdad, le agradecería que no nos obligue a utilizar otro método para que pruebe los alimentos.

—Demórese todo el tiempo que quiera, de todas maneras, cuando usted regrese, aquí encontrará esa inmundicia.

Monsieur Carlos miró a través de la ventana, el reloj marcaba las 5 de la tarde; sin embargo, la oscuridad del invierno era inminente y para ese entonces daba la impresión que ya eran más de las siete de la noche.

La sensación de frustración en el anciano no tenía precedentes, nunca en la vida se había sentido tan impotente; a su memoria comenzaron a llegar los recuerdos de su infancia, tiempos en los cuales, al igual que ahora, era obligado a comer lo que no quería.

Luego recordó las veces que, en su trabajo como enfermero, obligaba a los ancianos a comer lo que preparaban en el viejo hospital Saint – Patrick; y mientras cavilaba en sus memorias, un suave susurro lo interrumpió de repente.

—Monsieur, debería comer.

El anciano giró la cabeza con violencia y se topó con un niño que se escondía detrás de la puerta.

—¿Qué estás haciendo aquí mocoso? ¿Quién te dio permiso de entrar?

—Señor no se enoje, yo solo quiero advertirle que no es bueno que usted deje de comer.

—¡Pero! ¿Quién carajos te crees para venirme a decir lo que tengo o no tengo que hacer?

El niño retrocedió un poco y se atrincheró detrás de la puerta.

—Sal de ahí, pequeña sabandija.

—¡Me promete que no me va a pegar!

— ¡Me ves en condiciones de poderme acercar siquiera a ti!

No señor.

—Acércate y dime: ¿Cómo has llegado aquí? ¿En dónde están tus padres?

—Señor, debería comer, si no come, lo van a llevar a la habitación.

Las palabras del niño se clavaron en lo más profundo de la memoria del anciano, incluso, llegó a pensar que el rostro del chiquillo le era familiar.

—¿Qué fue lo que dijiste?

—La habitación señor. Es mejor que coma.

El anciano sacudió con violencia su cabeza, como queriendo salir del transe en el que estaba metido. Entonces interrogó al pequeño con voz violenta:

—¿Por qué insistes en que me coma esta porquería?

—Porque usted sabe que tenemos que comerla, de lo contrario, nos castigarán, nos van a llevar a la habitación, nos van a tapar la nariz y después nos embutirán la comida. Y si llegamos a vomitar, como a los perros, harán que nos traguemos nuestro propio vomito.

Los ojos del anciano parecían dos lunas llenas, su boca estaba seca y abierta, su respiración agitada; no podía entender cómo el niño sabía lo que le hacían sus padres cuando él era un niño. Quería preguntarle quien era realmente, saber el motivo que lo había llevado a esa habitación, pero tenía un nudo en la garganta y estaba temblando.

—Es mejor que comas y que te acabes todo Carlos, ellos siempre van a ganar. No importa cuánto supliques o grites. Te van a obligar a comer. Por eso, tú también disfrutabas haciéndole lo mismo a esos ancianos ¿Lo recuerdas?

Para ese momento, el viejo hombre no tenía dudas y ni siquiera intenciones de preguntarle al chiquillo su procedencia. Sabía exactamente quién era.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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