El drama de la familia de los niños abusados por el sacerdote de Líbano

Sacerdote Luis Enrique Duque Valencia

Sacerdote Luis Enrique Duque Valencia

Acosados por los malos recuerdos y el bullying a sus hijos, la familia decidió radicarse en Bogotá, donde hasta el momento han vivido una dura realidad.

Habló la madre los niños abusados, tras conocerse el fallo de la Corte Suprema, que ordenó a la Iglesia indemnizar a las víctimas del párroco Luis Enrique Duque, la mujer dice que por este drama su familia se desplazó por segunda vez de Líbano (Tolima) hasta Bogotá, que hoy prefieren recibir la misa por TV y que sus hijos se retiraron del colegio.

El daño que el sacerdote Luis Enrique Duque les causó a los dos niños que violó en 2007, cuando tenían seis y ocho años, y a su familia es incalculable. Sin embargo, la familia no perdió su fe en el catolicismo y reciben la misa a través de la televisión para no volver a pisar una iglesia.

“Es mejor desconfiar, uno nunca sabe. Es mejor no estar tan cerca de esas personas, porque pueden hacerle a uno mucho daño. Mire lo que el cura del Líbano les hizo a mis hijos”, le dijo en entrevista al diario el El Espectador Nidia Luz Dary Salazar, la madre de los niños.

Los niños y su familia llegaron a Líbano desplazados por la violencia y acudieron al sacerdote, quien se había ganado la fama entre los feligreses de la iglesia San Antonio de ayudar al prójimo y ser muy amable, en especial con los niños.

No obstante, el sacerdote aprovechó que los menores se quedaban a dormir en la iglesia. En ausencia de sus padres, que salían a buscar trabajo, abusaba de ellos, tapándoles la boca con cinta gruesa para que no gritaran y dándoles $2.000 para que no lo contaran. Según la valoración médica, los menores presentaron lesiones en el ano y desgarro en los genitales. No tenían control de esfínteres y padecieron traumas psicológicos que duraron varios años.

Huyeron del municipio además por las miradas de los vecinos, la burla de los compañeros de escuela y la indiferencia de la Diócesis y la Iglesia en general, que nunca quiso auxiliarlos en su dolor por lo ocurrido, ni en la extrema pobreza, la desnudez y el hambre que padecían.

La familia completa llegó a Bogotá hace unos meses, a donde los ha seguido el infortunio y la miseria. Pagan arriendo en una casa del sur de la ciudad donde apenas caben todos. El padre de familia cuida la maquinaria de una fábrica en las noches y madruga a trabajar en reciclaje. Con lo que gana sólo logra conseguir para comer una o dos veces al día. Ella se dedica de lleno a sus hijos, aunque de vez en cuando lava ropa ajena. Los siete niños tuvieron que dejar de estudiar porque no hubo manera de comprarles todos los útiles que les pedían en la escuela, ni uniformes, ni zapatos.

Por su parte, los menores que sufrieron abuso sexual por parte del sacerdote Luis Enrique Duque hoy tienen 14 y 16 años de edad. Según su madre, al principio recordaban los hechos, pero en la medida en que han ido creciendo, han ido borrando de sus mentes y sus cuerpos cada marca dejada por la violencia ejercida sobre ellos.

Este miércoles, cuando conocieron la sentencia de la Corte Suprema de Justicia que obliga a la Iglesia católica a pagarle a la familia $800 millones, estuvieron muy contentos, pero tomaron la noticia con tranquilidad. “A todos nos dio alegría, no lo vamos a negar, después de haber esperado tantos años”, dijo la madre, y señala que con el dinero que van a recibir esperan resarcir a los niños y concederles su mayor sueño: tener una finca con cultivos y animales para trabajar, porque aman el campo. Para ellos ha sido muy duro estar en una ciudad tan grande y fría como Bogotá.

Según el abogado Jaime Berjan Rodríguez, la sentencia conlleva un importante significado para los niños que han sido víctimas de pederastia por parte de miembros de la Iglesia. Esta semana visitará la Corte en compañía del padre de los menores para cumplir con requisitos legales.

El sacerdote Luis Enrique Duque se encuentra condenado desde agosto de 2008 a 18 años y 4 meses de prisión por acceso carnal abusivo en menor de edad.

Finalmente, el padre de los niños asegura que prefiere no pensar en lo que pasó, que no siente odio en su corazón, pero que el perdón se lo deja a Dios, pues para ella no es fácil olvidar el daño hecho a sus hijos. Le da gracias a Dios y señala que ahora mirarán sólo hacia adelante, y que, aunque el daño ya está hecho, el dinero que recibirán será una forma de recuperar un poco la alegría que perdieron en 2007, cuando el sacerdote se aprovechó de su humilde familia.

Este artículo fue publicado por El Espectador.

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