El rescatista, de rodillas junto a la boca del agujero que les ha costado cavar, súbitamente se endereza con las manos en alto en señal de silencio, orden que en segundos es acatada por el centenar de vecinos que, con ansiedad, presencian las operaciones de rescate. El socorrista se inclina, contiene la respiración, agudiza el oído y, a los treinta segundos, brinca y grita: «¡Hay vida, Dios mío, hay vida!», y la multitud estalla en júbilo para, quince minutos más tarde, recibir con un efusivo aplauso a la joven que estuvo atrapada más de 48 horas bajo las ruinas del edificio que fue su hogar.
Y así, en las regiones de Colombia más afectadas por el aterrador sismo de magnitud 7.4 que sacudió el pasado lunes 10 de agosto a las 7:34 a. m. a esta nación suramericana, se siguen registrando estos milagros, estos actos de vida, gracias a la infinita solidaridad de muchos colombianos que exponen sus vidas por auxiliar y rescatar a las víctimas humanas de este desastre e incluso a varios animales domésticos, como ha quedado registrado en varios testimonios.
El sismo fue devastador: la cifra de fallecidos y heridos se incrementa con las horas, los daños materiales son billonarios y la reconstrucción de las ciudades, las casas campestres, las vías, aeropuertos, iglesias, etc., será de largo aliento. Pero, por fortuna, la hermandad y solidaridad de los connacionales es inmensa y ya se refleja en miles de lugares, así como la fraternidad de muchas naciones ya presentes en tierra colombiana, más otras que están en camino.
Esta tragedia coincide con una administración nacional que asumió hace pocas horas y que ha afrontado con fuerza, diligencia, seriedad y responsabilidad este cataclismo que ha desatado la naturaleza, agravado por el caos que dejó el gobierno saliente.
Sabemos que la inmensa mayoría del pueblo colombiano es humanitaria, trabajadora, honesta, solidaria y buena, mientras que un sector residual persiste en dividir, en hacer daño, en chistes flojos, en mezquindades politiqueras, desconociendo que la política del odio no va con el pueblo que volvió a tener esperanza, con las víctimas de esta catástrofe que requieren solidaridad y ayuda, no confrontaciones ni nada que se le parezca, en estas horas de intenso dolor.
Colombia saldrá adelante y con ella los hermanos hoy en desgracia.
Por: Miguel Salavarrieta Marín.
Comunicador social.
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad