El velorio

Germán Gómez

Germán Gómez

Yo últimamente le huyo a los velorios. No porque no quiera al muerto sino que es el resultado de pensarme el asunto. La despedida de un ser querido debería ser un asunto íntimo, familiar, casi que selecto. No el carnaval de comentarios y chismorreo que expiden los saqueadores de las grecas de café en las funerarias. Afrontar la muerte y el dolor de los seres queridos ha caído en la banalidad, hemos hecho de la muerte algo superfluo o sacro aun cuando dichos extremos nos distorsionan y nos deshumanizan.

Los velorios son todo un rito que evidencia el engranaje cultural de las sociedades. La antropóloga Eugenia Villa Posse nos cuenta que “En Guambia, Cauca, no se llora cerca del cadáver: si alguien quiere llorar, lo llevan lejos del difunto, «para que no entorpezca el viaje al más allá».

El cronista Alberto Salcedo Ramos cuenta que la parranda y la muerte van antagónicamente de la mano. En el Caribe se bebe por el muerto y pues… porque uno que sí está vivo si puede bebé y bailá.

Nosotros, ibaguereños, tenemos el misticismo de nuestros ancestros, el desparpajo de nuestros días, una mezcla que cae en la confusión y que uno de tolimense joven no sabe cómo, está bien visto, culturalmente, acompañar a nuestros amigos que sufren pérdidas. Reír no está bien y fingir seriedad, tampoco.
Los velorios occidentales son los escenarios donde las palabras no alcanzan al doliente pero sí a cualquier interlocutor que quiera hablar de deporte, política, matas, autos o maquillaje. El dolor sincero está arraigado en los que son y el resto somos espectadores que acompañamos sin acompañar.

Una práctica cultural mortuoria e inoficiosa que replicamos sin pensar. Si yo asisto a su velorio —y usted nunca lo sabrá —es porque lo quiero mucho pero de antemano sepa que no me quedaré más de 15 minutos.

Luego de 15 minutos en una sala de velación la función de acompañante se empieza a deteriorar, e incursiona uno, en el club de café, el humo y los comentarios no propios del momento y como no hay palabras precisas para el dolor, yo prefiero la ausencia que generar molestia. No hay un decálogo de cómo comportarse ni que decir. Los velorios en Ibagué y en todo occidente, son una reunión fortuita de gente que se reúne a acompañar a otra sin saber cómo hacerlo.

El acompañamiento real sería otro. Los hombres hemos creado diccionarios complejos, sistematizado muchas lenguas, jugado a los sinónimos y antoninos pero no hemos descubierto las palabras adecuadas para entregar a la viuda o al huérfano. “El pésame” se queda corto, sobrio, engreído e inoficioso. Un sentido pésame debe valerle tres gramos de mierda a quien en realidad lleva consigo la pesadumbre.

No comprendo cómo creemos aportar en algo a los dolientes parándonos en silencio alrededor de un féretro. El saludo y la disposición de ayudar en asuntos concretos es suficiente. No comprendo cómo, luego de muertos nos exhiben en una vitrina de madera aun cuando nuestro rostro ya es pálido e inerte. Esa preparación para desprendernos de quien murió como que no es tan acertada. Estamos repitiendo las mismas formas de decir chao sin saber si es esa la opción que queremos.

A mí que no me miren el rostro lapidario ni mis labios morados.

A mí que la soledad me aploma, pregúntenme si el día que tenga que despedirme de los míos quiero su compañía. Puede que sí, pero muy seguramente no.

Las despedidas son mentales y por ende solitarias, las despedidas en montón son otra cosa. El verdadero adiós se sufre después de la partida y no en la parafernalia del momento.

El cuento del velorio deberíamos reinventarlo.

Por: Germán Gómez Carvajal, estudiante de Comunicación Social, Universidad de Ibagué

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