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Germán Vargas Lleras y la muerte que no reconoce apellidos

A sus 64 años, Germán Vargas Lleras ya no era un hombre joven, aunque tampoco un anciano. Aun así, la muerte lo sorprendió sin tregua. Ni su dinero, ni su poder, ni su influencia lograron salvarlo del destino inexorable de todo lo que está vivo. No hay nada más real, más democrático y más inevitable que la muerte.

Se nos va la vida, como dice el libro de Eclesiastés, entre “vanidad y vanidades”, creyendo que acumular fama, poder o dinero puede convertirnos en un material distinto; uno que no envejezca, no enferme y no muera.

Nos comemos el cuento de los aplausos y confundimos que nos amen con que nos necesiten. Pero, en realidad, solo cuando desaparece el poder de decidir sobre otros, cuando ya nadie depende de uno, es cuando se descubre quién permanece por amor y quién solo estaba por conveniencia.

Germán Vargas Lleras bajó al Seol y hoy su familia lo llora. Mientras tanto, Colombia vuelve a dividirse entre quienes le reconocen logros importantes como político y quienes celebran su muerte asegurando que representaba los privilegios de una élite desconectada del ciudadano común.

Algunos lo recordarán como el vicepresidente de Juan Manuel Santos que impulsó programas de vivienda para miles de familias vulnerables y como un político que pudo haber llegado a la Presidencia de Colombia de no haber sido por un temperamento fuerte y varias salidas en falso que le costaron respaldo popular. La más recordada: el famoso coscorrón a uno de sus escoltas.

Otros jamás dejarán de verlo como el nieto de un expresidente que simbolizaba la vieja clase política colombiana, marcada —según sus críticos— por el clasismo, las maquinarias y la defensa de intereses particulares.

Leí una frase de uno de sus detractores que me impactó profundamente: “Ni todos los millones que tuvo le alcanzaron para comprar otra vida”. Por supuesto, no le doy crédito automático a las acusaciones que suelen circular en redes sociales, pero la frase sí evidencia el grado de dureza y resentimiento que algunos liderazgos políticos despiertan en este país.

Lo cierto es que Germán Vargas Lleras murió y no pudo escapar del destino común de todos los vivos. Y ahí hay un mensaje enorme para aquellos con menos fama, menos dinero y menos poder, pero que aun así sienten que serán irremplazables e inolvidables.

Para quienes levitan como globos de helio en un mundo lleno de alfileres. Porque la muerte, tarde o temprano, termina poniendo a todos en el mismo lugar.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General

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