Luis Carlos

Hierba Mala

El despertador sonó a eso de las seis de la mañana; era domingo y, por supuesto, la familia entera se molestó.

¿Cómo era posible que alguien hubiese dejado el despertador, el enorme despertador de reloj cucú ubicado en la sala de la casa, habilitado para que sonara justo a las seis de la mañana un domingo?

Papá miró a mamá con enojo y mamá no le fue indiferente a su silencioso reproche. La pequeña Rochy abrió con violencia la habitación de su hermana mayor y esta, que por supuesto ya estaba despierta porque el reloj cucú no dejaba de sonar hasta que no lo apagasen manualmente, se levantó con violencia, tomó la mano de la pequeña y fue hasta el cuarto de Ricky.

Ricky, por su parte, las observó como si fuesen un par de enemigas y comenzó a lanzar sus almohadas y a vociferar todo tipo de incoherencias.

Al cabo de unos instantes, toda la familia estaba de pie, discutiendo y gritando, maldiciendo y culpándose unos a otros de haber dejado el infernal cucú activado para que los despertara justamente el domingo que, para ellos era sagrado.

Entre semana no importaba, la verdad era que el cucú les ayudaba bastante; incluso, lo consideraban como su mejor amigo por el servicio que les prestaba. Pero, el fin de semana no, sobre todo el domingo, el domingo no y sin lugar a dudas se convertía en su peor enemigo si llegaba a sonar como solía hacerlo de lunes a viernes y hasta los sábados cuando lo aprovechaban para que les ayudara a recordar ir de compras o una salida a algún lugar.

Como sea, la familia había entrado en un estado de conmoción como nunca antes se había visto. Durante la diatriba de insultos salieron a relucir asuntos bastante complejos y hasta peligrosos para la sana convivencia de una familia, como: Los platos que no se lavaron en el último diciembre; el día que Ricky olvidó lavar el baño; la crema dental que papá solía dejar abierta; el desorden de Rochy y hasta las escapadas de la hermana mayor con su queridísimo novio.

Entonces, el grito de la pequeña Rochy despertó a todos de su letargo violento y sin sentido. Petrificada, frente a la ventana, la niña señalaba con su pequeña mano que algo horrible estaba del otro lado.

La familia entera caminó hacía la ventana y sus rostros se desencajaron cuando evidenciaron que, alrededor de la casa, desde el frente hasta la parte trasera, estaba cubierta de hierba mala.

Papá miró a mamá y sus ojos se nublaron en un mar inmenso de lágrimas. Ricky, la pequeña Rochy y la hermana mayor se quebraron también. La familia entera se fundió en un abrazo lleno de vergüenza y pena por lo que estaba pasando.

La hierba mala no solo estaba fuera de la casa, había entrado a la casa y ellos, pese a que llevaban mucho tiempo desyerbado esa maleza del exterior, no se habían percatado que la dejaron entrar sin razón ni motivo.

Sí, trabajaron mucho en el exterior de la casa, arrancado cada hierba venenosa de sus dos jardines, el del frente y el trasero, limpiaron todo con tanto detalle que se sentían orgullosos de sí mismos, pero, olvidaron limpiar lo más importante, en el interior de su hogar.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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