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La realidad del suicidio exige soluciones de fondo y no de forma

Leía en estos días a un columnista de un reconocido medio de comunicación de la ciudad, en donde hacía su aporte sobre la problemática del suicidio en el Tolima. En la misma manifestaba que era imperativo que la concesionaria APP-GICA, encargada del tramo vial en donde está el puente, en el que se están quitando la vida muchas personas, aplique correctivos. El comunicador exige que con celeridad se aumente la longitud de la baranda (actualmente es de un metro con 50 cms) por lo menos 30 cms, para evitar que más ciudadanos salten al vacío. También agrega que se debe ubicar una adecuada señalización.

Lo primero que no entiendo es a quién se le ocurrió bautizar como “Puente de la vida” a un lugar que huele a muerte y a tragedia por donde se le mire. Es como si a Aokigahara “El bosque de los suicidios,” ubicado en Japón, se le conociera como el Bosque de la esperanza o el Bosque del amor. Es una falta de respeto a mi parecer, con los familiares de las víctimas, que un lugar de luto lleve ese nombre.

Entrando en el plano que nos corresponde, hay dos maneras de ver el problema. Una es darle solución práctica y política, al tema de los suicidios en la variante, colocando barandas más altas, señalización, un pelotón custodiando día y noche, etc. Sin lugar a dudas, van a disminuir los suicidios en la zona. Sin embargo, existe otra estrategia que es de fondo, y es mirar el problema estructural y ese no se soluciona con pañitos de agua tibia.

Las autoridades deberían trabajar por evitar los suicidios, independiente de dónde y cómo se quieran matar las personas. Es claro, que cuando un ser humano sufre un trastorno de depresión y tiene ideas suicidas, no basta con evitar que se mate en el instante. Tarde o temprano buscará la forma e indefectiblemente lo hará. Es por eso de vital importancia que todas las personas conozcan por lo menos en lo básico, qué le puede estar pasando en su cerebro a una persona con una enfermedad mental.

Después de un bajón de serotonina y una depresión severa, no es tan fácil como que una persona le diga a otra, lo bella que es la vida y que si cree en Dios, para que él la saque del problema. Es ponerse en los zapatos de esta y entender que su cerebro tiene un desequilibrio y necesita de manera urgente tratamiento médico y psicológico. Los periodistas deberíamos ser los primeros en capacitarnos en salud mental.

Lo que debería hacer la prensa en trabajo conjunto con los profesionales de la salud, la academia, y las fuerzas vivas en general, es exigirles a los gobiernos de turno mayor presupuesto y mayor inversión en la prevención y en los tratamientos para las enfermedades mentales. Los diputados y concejales deberían pensar en proyectos de ordenanza y de acuerdo, para generar dineros que le permitan al Ejecutivo, crear rubros para fortalecer el sistema de salud en este campo.

Es perentorio capacitar al personal de la Secretarías de Salud, tanto del Tolima como de los municipios en salud mental. Es urgente contratar más psicólogos clínicos, que puedan hacer evaluaciones constantes y test (como los del coronavirus) para determinar cómo están los tolimenses de su cabeza. Un profesional preparado, puede reconocer rápidamente una patología. El problema radica en que al Estado poco o nada le importa invertir en prevención (no es rentable).

Tengo conocimiento del tema y llevo cinco años con TAG diagnosticado (Trastorno de Ansiedad Generalizada). Todo mi tratamiento me ha tocado sostenerlo de mi propio bolsillo. Jamás mi EPS, me ha dado una cita con psiquiatría y menos de terapia cognitivo-conductual con un psicólogo clínico. A Dios gracias, soy un privilegiado de clase media, que cuenta con los recursos económicos para invertir en mi salud mental y física. Por eso estoy bien. Obviamente, eso no me impide tener la empatía para pensar en mi semejante.

La pregunta es ¿Cuántas personas en Colombia, tienen las posibilidades de pagar un cita con un psiquiatra o con un psicólogo clínico? Es claro que la gran mayoría de coterráneos no tienen la forma. Es un efecto dominó, la depresión llega producto del estrés acumulado por mucho tiempo. El estrés llega producto de las angustias y las angustias, son consecuencia de situaciones económicas, afectivas o familiares adversas. Por ejemplo, si alguien no tiene con qué comer o pagar sus deudas, lleva un estrés prolongado, con el tiempo este se cronifica y termina en depresión.

Finalmente aclaro, que no todo son trastornos de depresión y ansiedad. Esto lo debe determinar un profesional de la salud, después de todos los chequeos físicos correspondientes. En efecto, una persona que esté dispuesta a quitarse la vida o matar a alguien, no está bien de la cabeza y debería estar en tratamiento. Esto incluye muchas veces medicamentos (antidepresivos, benzodiazepinas) y terapia. ¿Cuántos estarían dispuestos a suminístrale lo que necesita su prójimo?

Si conoces a alguien con tendencia a la depresión o con problemas de ansiedad, antes de decirle: “métele ganas”, “yo he vivido cosas peores y aquí estoy”, “no seas tan débil”. Más bien te invito a que recuerdes esta frase del padre del psicoanálisis, el médico austriaco, Sigmund Freud: “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz, como lo son unas pocas palabras bondadosas”.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Comunicador social
Esp. en Educación, cultura y política y Docencia universitaria.

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