Cumplir 476 años no es un asunto de nostalgias virtuales ni de partir tortas en la Plaza de Bolívar; es descifrar si la melodía de nuestro desarrollo avanza al mismo ritmo que las necesidades de su gente. El filósofo Aristóteles sostenía que “el valor de una ciudad reside en la calidad de sus ciudadanos”. Si la realización humana depende de la vida comunitaria, hay que admitirlo sin ambages: nos estamos rajando.
Cada catorce de octubre florecen los poetas de ocasión en las redes sociales. Abundan los versos que recitan un amor idílico a la Tierra Firme. No está mal; esta capital es un privilegio geográfico: el clima templado, el imponente Cañón del Combeima, la Reserva de la Martinica y esos ocobos que pintan de rosa el asfalto configuran postales envidiables. Pero el arraigo real va más allá de la lírica estacional. Qué lástima que la mayoría de esos homenajes se queden en la periferia del ego. Ibagué no necesita amor de palabra, sino amor en acción. Las declaraciones de afecto sin civismo son pura escenografía.
La fractura empieza arriba. De nada sirvió, por ejemplo, tener representación en ministerios clave en los últimos años si las tensiones ideológicas y los sectarismos con el Gobierno nacional terminaron paralizando la gestión regional. Aquí los egos pesan más que los proyectos. Cada mandatario actúa por su cuenta, lanza pullas desde su parcela y prioriza el aplauso propio sobre la continuidad de las obras fundamentales para la ciudad.
Amar a Ibagué exige empujar el carro hacia el mismo lado, sin importar quién lleve el volante. Se demuestra madurez política cuando se reconocen los aciertos ajenos y se cuestionan los errores con datos, no con resentimientos. Lo que nos sobra son aduladores profesionales y opositores de tiempo completo. La ciudad urge de gerentes con visión metropolitana, capaces de dialogar con el disidente y de entender que el desarrollo no se construye desde la trinchera ni desde el cálculo electoral.
Pero el problema no es solo de las élites; la anarquía también camina por las calles. Necesitamos educar en civismo con urgencia. El respeto por la norma, el cuidado del espacio público y la tolerancia básica se están perdiendo en un mar de intolerancia cotidiana. El progreso de un territorio no lo determina su riqueza natural, sino la densidad moral de sus habitantes. Existen sociedades con menos recursos que la nuestra, pero con un tejido social y solidario que marca la diferencia.
En sus 476 años, el mejor regalo para Ibagué no son las flores ni las promesas envueltas en papel de regalo. Es el ejemplo diario: recuperar la empatía, respetar las reglas de juego y entender que el civismo es un acto político cotidiano. A la sombra del Nevado del Tolima, las ciudades no se engrandecen por decreto ni por herencia; las hacen grandes sus ciudadanos. Ibagué, la Capital Musical, necesita hoy más que nunca afinar su partitura cívica para que la dignidad de su gente sea, por fin, la nota que dirija nuestro futuro.
Menos versos, más acciones…
Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Editor General de A la luz pública
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad