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Luis Carlos Rojas Garcia

Ruido

Encarnación miró el reloj con algo de desprecio y luego clavó su mirada en los trabajadores que llegaban apurados. Los miró con odio, como si ella fuese una suerte de Diosa y ellos sus adoradores. No lograba entender cómo podían llegar retardados, ella siempre estaba en su trabajo media hora antes.

Además, minutos antes, alguien le había susurrado al oído que de ella se hablaban muchas cosas y que no la querían mucho por su puntualidad y porque siempre estaba dispuesta a quedarse después del tiempo. Dicho en otras palabras, que era una lambona.

Saludó con hipocresía a unos y otros y luego se dirigió a su puesto de trabajo. Mientras recorría el largo pasillo que comunicaba la entrada de los empleados con el ascensor que la llevaría a su cubículo, sintió un pequeño silbido dentro de su oído izquierdo el cual, al cabo de unos instantes se convirtió en un estallido que la desestabilizó por completo.

El ruido era tan fuerte que tuvo que buscar la manera de agarrarse de la pared para no perder el equilibrio. Poco a poco se recompuso y escuchó una vez la voz que le había susurrado con anterioridad.

Casi tambaleándose llegó hasta el ascensor, entró al mismo y presionó el botón con el número 8. El zumbido de abeja disminuyó un poco, pero, no se fue y mucho menos la voz que le decía lo que supuestamente pensaban de ella en ese lugar.

De repente, la voz se mezcló con la voz de su madre quien, constantemente le reprochaba por el marido que se había conseguido. Encarnación comenzó a sentir un poco de angustia ya que, sumado a las dos voces en su cabeza, más el silbido, se juntaron las voces de su familia, de amigos, de conocidos que, en algún momento de su vida, le habían criticado, se habían burlado o simplemente le reprocharon algo.

El ruido dentro de su oído aumentó y no tuvo más remedio que levantarse de la silla y salir casi de huida rumbo a la cafetería. No había pisado la entrada cuando una explosión de voces la hicieron tambalear, esta vez, con mucha más violencia.

Los empleados de la cafetería la miraron algo sorprendidos. Encarnación trató de disimular, pero para ese instante el ruido era tan fuerte y asfixiante que no tuvo más remedio que vomitar delante de todos los presentes.

Las voces se hicieron mucho más fuertes y agudas. Encarnación se derrumbó, cayó de rodillas sujetándose la cabeza y lanzando unos alaridos de espanto. No podía creer que todas las voces que había escuchado durante su vida estaban presentes dentro de su cabeza produciendo un ruido infernal que amenazaba con estallar su cerebro.

Entonces, todos en el lugar quedaron estupefactos al escucharla gritar como una fiera herida:

— ¡No más por favor! ¡Quiero que paren ahora!

Con la mirada al cielorraso, las manos sujetándose cabeza y a punto de perder el sentido, Encarnación pegó un berrido tan espantoso que los comensales no tuvieron más remedio que echarse a correr pensando que había sido poseída por algo fuera de este mundo.

Luego, y con algo de timidez los trabajadores de la cafetería comenzaron a aglomerarse alrededor de la mujer que, en ese momento, botaba espuma como un perro rabioso; todos murmuraban, la señalaban, la grababan con sus celulares y no paraban de especular sobre la situación de la infeliz.

Encarnación se arrastró por el lugar, el personal de seguridad llegó e intentó llevarla fuera. Las nuevas voces, las de los empleados del lugar, entraron victoriosas a la cabeza de Encarnación, quien, no tuvo más remedio que aceptar su destino, su triste y espantoso destino mientras que todas las voces, las del pasado y las del presente, bailaron como si hubiese un carnaval. Bailaron sin parar, mientras Encarnación gritaba enloquecida que ya no las quería escuchar.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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