Nada bueno podría salir de la fusión de lo peorcito que llegó de España con la famosa malicia indígena. A eso se le suma esa cultura “traqueta” que germinó en los 80 y que quedó inoculada en el imaginario colectivo nacional.
Culpamos a los políticos pero ellos apenas representan nuestras mañas porque se formaron con la misma materia prima. Escuché decir en los corrillos locales que aquí el que no roba, es porque no ha tenido el papayazo.
Lamentablemente, tiene mucho de verdad. A la política la mayoría llega para hacer negocios y sacarle jugo al erario. Con fines de lucro cambian el Plan de Ordenamiento Territorial, hacen empréstitos, arriendan, venden y contratan hasta desangrar el presupuesto. Hay carruseles en la educación, en la salud y hasta en la justicia.
Usted se da cuenta lo diferente de la manera de pensar de un ciudadano del primer mundo a uno del tercero, tan solo en cómo piensa y qué comparte.
El primero comparte libros, proyectos, experiencias y hobbies. El segundo publica que cambió de camioneta, exhibe su ropa, su comida, sus viajes y su ostentosa vida. Aquí es más admirado el mafioso y el influencer que el científico y el escritor.
La verdad hemos normalizado a tal punto la corrupción, que hasta nos molesta que la denuncien. Escucha uno decir: «Dejen la envidia, la gente tiene derecho a vivir bueno».
Queda una reflexión: ¿Cuál es la consecuencia de estos procederes?
La gente se asusta cuando va a Cuba y miran el deterioro de sus calles y la pobreza que se respira. En contraste están los gringos con sus ciudades casi perfectas. Finlandia o Noruega sin ser capitalistas y con economías mixtas tienen mucho de qué ufanarse.
El problema no es de izquierda o de derecha; es la maldita corrupción. Es el atolladero, el lodazal y la cloaca de la que será muy difícil salir.
Aquí habrá que hacer un acto de contrición porque está fallando tanto el gobernante como el elector. Es un secreto a voces que los líderes que mueven los votos lo hacen por beneficios particulares. La otra mitad es una ciudad dormida e indiferente.
Mientras tanto, usted como elector puede preguntarse:
¿Cuándo usted recorre su ciudad siente que vamos camino al desarrollo o seguimos anclados en el subdesarrollo?
Medite sobre su respuesta. Si es la segunda, usted es culpable por acción o por omisión. Los pueblos tienen los gobernantes que merecen.
Duro pero cierto.
Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Editor General
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad