Cuentos de fantasmas en el extranjero (El niño)

Luis Carlos Rojas García

Amaranta Evangelina Encarnación de la Santísima Trinidad, más conocida como: La Nena, viajó, después de muchos años radicada en Québec Canadá, a su tierra natal ubicada a tan solo cuarenta cinco minutos de la hermosa Cartagena.

El pueblo de Bocachica la recibió con los brazos abiertos y la emoción de la Nena no pudo ser más grande al pisar su tierra dorada por el sol, acaricida por la brisa, el mar y ni hablar del maravilloso fuerte de San Fernando en donde dio su primer beso.

El asunto era tan mágico que parecía que no hubiese vivido en ese lugar. Parecía que diez años en Bocachica eran solo una escena que de vez en cuando se recreaba en sus sueños y le permitían comparar su vida cotidiana en la tierra fría del norte con ese pequeño instante que había vivido en ese pueblo de ensueño. Era una mezcla extraña entre el calor y el frío, entre las pieles blancas y las morenas y las lenguas refundidas como la Babel del escritor.

Lo cierto es que una vez el taxista terminó de hacerle el recorrido aquel con la intención de cobrarle un poco de más pensando que se trataba de una turista de esas que pueden engañar, llegó al que fuese su humilde hogar, ahora habitado por algunos tíos y primos de la familia. Por cierto ¡Vaya sorpresa la que se llevó el conductor cuando la Nena le habló con su marcado acento costeño!

—¡Qué vaina tan fulera! ¿Cincuenta mil pesos por ese recorrido tan corto? ¡Dale papi, yo te los pago, pero, eso no se hace yerdaaaa!

Dijo la Nena ante el confundido taxista que no tuvo más remedio que cobrarle lo justo. Una vez en la casa, la familia de la recién llegada salió a su encuentro en medio de la algarabía típica de la gente de la costa colombiana.

—¡José! Ven pa’ acá que llegó la Nena ¡Mira na’ má cómo está de hermosa mi cielo!

Gritó la tía Florencia, que no dudó en darle un abrazo de esos rompecostillas. Los primos de la Nena también salieron a su encuentro y entre risas y besos la llevaron adentro. Una vez en la sala y en medio de todo tipo de atenciones, la Nena sacó toda su artillería de regalos, como si del Niño Dios se tratara. Todo fue alegría y recuerdos el resto de la tarde y parte de la noche.

A eso de las nueve, ya algo cansada por el viaje, la Nena fue a su habitación, la misma que le sirviese de testigo en aquellos días en donde era tan solo una niña. Su infantil romance con Rodrigo Santiago Santos Echavarría a quien le dio un beso a escondidas en el fuerte de San Fernando y con el que se prometiera amor eterno. Las reuniones con su mejor amiga Isabela, sus bailes, sus cartas, todo su mundo inocente estaba ahí. La Nena se recostó en la cama y dejó salir una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiese llegado al mismo paraíso; luego cerró los ojos y se durmió.

Sin embargo, a eso de las tres de la mañana, la hora del diablo que llaman, la Nena escuchó un ruido extraño que venía de afuera de su cuarto. Al principio no supo bien qué era, sonaba como la risa de un niño.

La Nena se inclinó lentamente y se llevó las manos a los ojos para poder dar fe de lo que veían los mismos. No estaba soñando, frente a ella, mirándola fijamente, un niño de unos cinco o seis años la observaba y sonreía.

La sonrisa del espectro estaba tan llena de maldad que la Nena sintió cómo se le erizaba la piel. Quería gritar, pero, algo le apretaba la garganta. Quería moverse, pero, se dio cuenta que su cuerpo estaba rígido.

Pensó que se trataba de una pesadilla así que intentó cerrar los ojos, pero le fue imposible. El niño comenzó a acercarse lentamente, llevaba puestos unos harapos que hacían de su aspecto el más macabro. Levantó las manos y abrió la boca y la Nena pudo ver que tenía los dientes podridos.

Un grito de muerte despertó a todos en la casa. La tía Florencia corrió a la habitación de la Nena y la encontró en shock. Estaba en un rincón. Temblaba de miedo y señalaba a la puerta. La tomó entre sus brazos y luego la llevó a la cama. El resto de la madrugada durmieron juntas.

Al día siguiente, todos en la vieja casa querían evitar a toda costa hablar del tema. Pasó la hora del desayuno, apenas si cruzaron palabras con la Nena quien para ese instante se mostraba bastante inquieta. No fue sino hasta la hora de la cena que la Nena llamó a su tía y le preguntó sobre lo que había visto la noche anterior. La tía le dijo que no era nada y se despidió.

Esa noche, la escena se repitió, pero esta vez con más violencia. A las tres de la mañana la Nena abrió los ojos y grande fue su sorpresa al ver al niño encima suyo, tenía sus manos pegajosas alrededor de su cuello y de su asquerosa boca salía un olor fétido.

Comenzó a apretarle el cuello sin que la Nena pudiera hacer nada. Antes de que la dejara sin aliento, la Nena logró agarrar un escapulario de la mesita de noche y poniéndolo cerca al espectro, lo espantó de inmediato.

Otra vez los gritos, otra vez el miedo, pero, esta vez la tía de la Nena no tuvo más remedio que contarle la verdad.

Desde hacía ya un tiempo que una suerte de mala racha había caído sobre aquella casa y sobre la familia. Para colmo de males ese maldito niño se aparecía por los rincones y los atormentaba sin parar. Siempre a la misma hora.

Al día siguiente la Nena visitó la parroquia y le ofreció una generosa cantidad al cura para que fuera a hacer una oración en su casa. Para su infortunio, las oraciones del clérigo no funcionaron. Luego, llevaron a la casa a una espiritista y fue esta quien prendió las alarmas. Según la mujer, la Nena tenía que salir cuanto antes de ese lugar porque ese espectro la acompañaría para siempre, no importaba el lugar al que fuera.

La Nena, sintiéndose enferma y cansada, adelantó el viaje. Salió de la casa de su familia y se instaló en un hotel a la espera de los tres días siguientes. Sin embargo, a las tres de la mañana en el hotel, el espectro apareció de nuevo. Esta vez tenía una voz ronca y amenazadora, le gritaba que ya nunca se podría alejar de él.

La Nena salió del lugar y tuvo que pasar la noche en la recepción. Fueron los tres días más largos de su vida. Tomó todo tipo de energizantes para no dormir, sin contar las mil y un tazas de café. El niño seguía apareciendo. Incluso, rumbo al aeropuerto lo veía en cada lugar, le sonreía, la perseguía.

Una vez llegó al aeropuerto lo vio, estaba entre la muchedumbre que pasaba por su lado sin percatarse de su presencia. La Nena corrió desesperada por los pasillos, un agente de seguridad la detuvo y le preguntó si estaba bien, a lo que ella respondió agitada que sí, que se le iba a pasar el vuelo.

La Nena siguió corriendo y el espectro también. La Nena se detuvo en el puesto de control, para su fortuna había poca gente. Entregó su pasaporte subió al avión y pudo ver desde la ventana al niño que la miraba con odio. Respiró profundo le dio gracias a Dios, pero, apenas si había despegado el avión cuando vio al niño sentado en la silla de al lado. La miraba y sonreía.

La Nena sintió morir. No podía creerlo. Se mordió los labios para no gritar. Estaba destrozada, miraba a ese infantil demonio con sus harapos, su aliento apestoso y su mirada penetrante, sonreírle como diciendo que estaría con ella para siempre.

Una vez el avión arribó al Aeropuerto Internacional Pierre Elliott Trudeau, la Nena descendió cabizbaja, meditabunda, con la mirada perdida. El niño se le acercó, la tomó de la mano y la Nena sitió cómo se le helaba la piel con el roce de esas pequeñas manos de muerto.

Caminaron lentamente por el silencioso pasillo. Todo ordenado, todo limpio, ni a comparación del anterior aeropuerto que siempre mantenía como averaguao. Nadie gritaba, nadie corría. Y ahí estaban, solo la Nena y el niño por ese corredor interminable, lleno de incertidumbre, de sensaciones fuleras, si es que existe tal término; ese corredor era sin lugar a dudas el sitio más pulcro y honesto, puesto que anunciaba las cosas malas que estaban por venir en ese lugar al que todos llaman paraíso.

La Nena se detuvo en migración. Temblaba de miedo mientras el niño se mostraba siniestramente feliz. Los pensamientos de la Nena se perdieron y fue un agente quien interrumpió su espantosa catarsis al pedirle, con voz fuerte y firme al niño, que mostrara sus papeles. El niño miró sorprendido a la Nena y al agente. Antes de que pudiera desaparecerse como solía hacerlo, ya lo tenían en una oficina, interrogándolo y gritándole que si acaso se quería quedar en el país como ilegal o que si traía alguna sustancia o mercancía prohibida.

La Nena tomó un taxi y se fue directo a su casa en la Rive-Sud de Montreal, mientras el niño era deportado a Colombia y vetado quién sabe por cuánto tiempo. Después de eso la Nena no volvió a su país, no volvió a ver al niño y lo mejor, aprendió una lección muy importante:

En Canadá, no importa si eres un espectro o quien seas, si no tienes papeles, difícilmente te van a dejar entrar.

Fin

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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