Soy un hombre defensor a ultranza de la igualdad de género. Sé que la deuda social con las mujeres es grande y que aún se paga a cuentagotas. También entiendo que, por múltiples razones históricas y culturales, ellas han debido enfrentar condiciones de desigualdad que merecen ser corregidas.
El problema surge cuando algunas corrientes, amparadas en un discurso que se presenta como feminista, dejan de buscar la igualdad y parecen orientarse hacia la confrontación permanente con el hombre. No hablo del feminismo que reivindica derechos y libertades, sino de aquellas posturas extremas que terminan viendo culpabilidad donde aún no se ha demostrado nada.
En medio de ese lodazal aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cómo determinar cuándo realmente existió un abuso sexual y cuándo estamos frente a una situación que está siendo reinterpretada posteriormente desde el resentimiento, la inconformidad o el conflicto personal?
Desde mi perspectiva, una mujer no debería aceptar citas con un hombre por quien no siente ningún interés afectivo o personal. Y si, por alguna razón, decide aceptarlas, debería dejar clara su posición desde el comienzo. Si el hombre insiste más allá de esos límites, lo correcto es cortar la relación de inmediato y sin titubeos.
Sé que muchos responderán que existen relaciones marcadas por diferencias de poder y que algunas mujeres acceden por necesidad económica o profesional. Y es cierto. Sin embargo, nos encontramos ante una de las dinámicas más antiguas de la humanidad: el intercambio de favores, beneficios o posiciones de privilegio por afecto, compañía o placer. Es una realidad que ha acompañado a la sociedad desde sus orígenes.
Así, algunas mujeres llegaron a convertirse en reinas de palacio, otras fueron compañeras o amantes de próceres y, en tiempos más recientes, algunas lograron posiciones de influencia en la política, la empresa o la administración pública gracias a relaciones sentimentales con personas poderosas.
Si todos los casos parecidos a los que describo llegaran a configurarse automáticamente como abusos, entonces más de media humanidad terminaría condenada retrospectivamente. Incluso muchos hombres que conquistaron a quienes luego serían sus esposas mediante su prestigio, posición o poder económico podrían ser vistos bajo esa misma óptica.
Era común escuchar a las abuelas decir: “El hombre propone y la mujer dispone”. Una persona adulta debe tener la capacidad de establecer límites cuando siente que alguien está cruzando una línea. De lo contrario, correríamos el riesgo de convertir cualquier interacción afectiva en una potencial acusación.
No creo que una pareja, en los primeros momentos de intimidad, formalice cada gesto mediante autorizaciones expresas. Nadie suele decir en medio de un beso: “Disculpa, ¿puedo tocar tu pierna?” o “¿Me permites besarte el cuello?”. Son situaciones que normalmente se desarrollan a partir de señales, confianza y comunicación, muchas veces no verbal, que ambas partes interpretan de manera recíproca.
Mi mensaje va especialmente dirigido a las mujeres: ¿hasta dónde queremos llegar con esto? ¿Llegará el momento en que un hombre deba grabar cada encuentro, documentar cada conversación y conservar evidencia de cada palabra para protegerse de una acusación futura?
Soy consciente de los miles de abusos reales que hombres han cometido contra mujeres. En la mayoría de esos casos, la evidencia muestra con claridad que existió rechazo, coacción, intimidación o ausencia de consentimiento. Allí no puede haber contemplaciones: el peso de la ley debe ser contundente y total.
Por eso considero que debe ser la justicia, y únicamente la justicia, la encargada de establecer responsabilidades. Lamentablemente, muchas veces el fallo social llega primero. Y cuando ocurre, suele ser devastador e irreversible, incluso si más adelante la persona acusada resulta absuelta o declarada inocente.
A la larga, esta situación termina perjudicando, en primer lugar, a las verdaderas víctimas, porque cada denuncia infundada o cada juicio precipitado erosiona la credibilidad de quienes realmente necesitan ser escuchadas y protegidas.
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