Imagínese usted, mi querido lector, la profunda impotencia que siente un médico cuando escucha a tanto tegua envenenando al prójimo con pócimas mágicas para combatir sus dolencias.
Lo verdaderamente absurdo es que, bien entrado el siglo XXI, todavía creamos en charlatanes que, como por arte de birlibirloque, dan cátedra de medicina, derecho, política y ciencia sin el más mínimo resquemor.
El artículo 20 de nuestra Constitución Política garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones; es la gran ventaja de vivir en un Estado social de derecho. Sin embargo, ese derecho no exime a nadie de la responsabilidad ética de reconocer sus propias competencias y, sobre todo, sus limitaciones.
Con la democratización digital, la consolidación de las redes sociales y el auge de la Inteligencia Artificial generativa —que ahora permite automatizar la mentira con apariencia de verdad—, se le otorgó un poder descomunal a la sociedad. Esta transformación sirvió para dar voz a quienes no la tenían, pero también para potenciar a los sofisticados sofistas de la era moderna: sujetos sin formación en nada, pero que se sienten expertos en todo.
Así proliferaron los motivadores, los creadores de contenido, la nueva ola de profetas digitales y los analistas políticos de pantalla que no abren un libro. Todos ellos gozan de un amplio campo de acción porque saben que operan en un país donde los índices de lectura digital y física siguen siendo alarmantes.
Es alarmantemente fácil enredar a un ciudadano promedio que se educa políticamente a través de videos de quince segundos en TikTok, que mantiene la Biblia inexplorada y abierta en el Salmo 91 en la sala, y que prefiere consultar a un curandero o a un gurú de internet antes que a un especialista.
En Colombia, la mayoría de los llamados coaches de vida están convencidos de que una depresión o un trastorno de ansiedad se curan simplemente con «pensar en positivo». Esto no es más que el reflejo de una profunda ignorancia.
Haga el experimento con uno de estos líderes de opinión y pregúntele si sabe qué es un bajón de serotonina, cómo funciona la amígdala cerebral, en qué consiste la terapia cognitivo-conductual o qué es una benzodiacepina. En un alto porcentaje, descubrirá que son simples charlatanes con excelente retórica.
En el ámbito religioso el panorama es similar. Con prédicas persuasivas y acomodando las escrituras a su antojo, guían a las masas como borregos al matadero. Si un argumento les favorece económicamente, recurren a la ley del Pentateuco; pero si les conviene más hablar de la gracia y la salvación por la fe, se mudan rápidamente a los Evangelios.
Son muy pocos los que estudian el texto con rigor hermenéutico y, por ende, no logran ver que muchas de sus prácticas mercantilistas son idénticas a las que el propio Jesús aborreció de los fariseos y saduceos de su época.
La política actual es el escenario más crítico. En plena polarización digital, casi nadie recuerda los procesos de nuestra historia: la emancipación, el Olimpo Radical, la Regeneración, la Revolución en Marcha o el Frente Nacional. Ignoran que el país ha sido moldeado por tensiones entre liberales y conservadores, y que la violencia rural y urbana nos ha sumergido en un baño de sangre interminable por más de dos siglos.
Hoy, sin embargo, cualquiera da cátedras de geopolítica y administración pública respaldado únicamente por una biblioteca de cientos de memes y videos virales guardados en su celular. Dan grima.
Sócrates defendía la prudencia como la virtud de la sabiduría práctica y el buen juicio, en clara contraposición a la insensatez. Esa premisa es la que debería invitarnos a compartir el conocimiento en el área que dominamos y a mantenernos prestos a investigar allí donde nos falta entender. Como decía un viejo profesor universitario: “Jamás se podrá aprender si se cree que ya se sabe”.
Un consejo sencillo para estos tiempos de posverdad: cada vez que alguien le hable de un tema, revise primero su formación, su trayectoria y su calidad ética. Si resulta ser una fuente seria, escuche con atención; pero luego vaya a la bibliografía, compare datos y profundice por su cuenta.
Jamás trague entero ni se deje llevar por sesgos ideológicos o emocionales que nublan el entendimiento. El conocimiento real no llega por ósmosis. Desconfíe de los charlatanes retóricos cuyo único talento es disfrazar la ignorancia con palabras bonitas. Los sofistas no se quedaron en la Grecia antigua; hoy habitan en nuestras pantallas y pululan por todos lados. Ojo, no les crea.
Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Editor General
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad