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El culto al yo: la raíz común de todos los autoritarismos

Mientras muchos se enredan en la discusión de si el problema es la izquierda o la derecha, la historia insiste en otra verdad, más incómoda: el verdadero peligro aparece cuando el poder cae en manos de un narcisista. La ideología suele ser apenas el disfraz. El fondo casi siempre es el mismo: ego desbordado, culto a la personalidad y desprecio por cualquier límite.

Los ejemplos más conocidos se repiten hasta el cansancio. Adolf Hitler, emblema de la extrema derecha, y Iósif Stalin, ícono del autoritarismo de izquierda. Discursos opuestos, resultados idénticos: genocidios, terror de Estado y millones de muertos. Cambia la retórica; la pulsión de dominio es la misma.

Pero hay casos menos citados, igual de reveladores, que muestran hasta dónde puede llegar un ególatra cuando no tiene contrapesos.

Uno de ellos fue Idi Amin, conocido como el Carnicero de Uganda. Gobernó entre 1971 y 1979, hasta que huyó del país. Se hacía llamar “el señor de todas las bestias de la Tierra y del mar”. Miles de opositores fueron asesinados y arrojados al río Nilo porque ya no había tumbas suficientes. Expropió propiedades, ordenó ejecuciones transmitidas por televisión, expulsó a empresarios y se le atribuyeron incluso actos de canibalismo. Murió en Arabia Saudita en 2003, a los 78 años, sin pagar jamás por crímenes que se estiman entre cien mil y trescientas mil víctimas.

Está también Jorge Rafael Videla, dictador argentino de los años setenta. Murió en prisión en 2013, viejo y sin rastro de arrepentimiento. Profundamente religioso —rezaba el rosario a diario y comulgaba cada domingo—, justificaba el horror en nombre de la patria. Su lógica era brutal y explícita: había que hacer desaparecer a los “irrecuperables”. Llegó a admitir que, al tomar el poder, sabía que entre siete mil y ocho mil personas debían morir. Hoy se calcula que cerca de treinta mil desaparecidos dejó su régimen.

Remato con un caso que parece una farsa, pero es real.

En Turkmenistán, antigua república soviética, el autoritarismo sobrevivió intacto a la caída de la URSS. Su primer dictador, Saparmurat Niyazov, llenó el país de estatuas suyas, cambió el nombre de los meses, rebautizó el pan con el nombre de su madre, prohibió la ópera y el ballet y escribió un libro sagrado —el Ruhnama— cuya lectura era obligatoria en escuelas y universidades.

Tras su muerte lo sucedió Gurbanguly Berdimuhamedow, y el delirio escaló: cantaba en televisión, publicaba libros, mostraba rutinas de ejercicio en vivo, erigió una estatua dorada de sí mismo, prohibió los carros negros y levantó un monumento a su perro, al que incluso le dedicó un día festivo. Hoy el poder sigue concentrado en su familia, a través de su hijo.

Todo esto ocurre en un país con la cuarta reserva de gas natural más grande del mundo, mientras buena parte de la población hace filas interminables desde la madrugada para conseguir harina.

Aquí está el punto que muchos prefieren ignorar. La ideología no mata sola; el ego desatado sí. El verdadero quiebre ocurre cuando un líder se cree indispensable, moralmente superior y dueño de la verdad. Cuando el “yo” reemplaza a la ley, y el aplauso sustituye a los contrapesos institucionales, la tragedia ya está en marcha.

Por eso, antes de preguntar si un candidato es de izquierda o de derecha, conviene observar su carácter. Su relación con el disenso. Su lenguaje. Los dictadores no surgen por sorpresa: avisan con tiempo. Hablan de enemigos internos, de limpieza, de aniquilación, de gobernar sin obstáculos.

Nadie que fantasee con eliminar al adversario, silenciar al crítico o concentrar el poder debería gobernar un país. No importa el color ideológico que invoque. En una democracia, el culto al yo no es una excentricidad: es una amenaza.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General.

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