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Los influencers de la tragedia

Hay personas a las que les gusta ver el mundo arder, especialmente cuando hay una tragedia. Aunque parezca increíble, existen quienes disfrutan del miedo ajeno. Son los guasones criollos, felices viendo a las personas asustadas y llenas de incertidumbre.

En medio de una emergencia difunden mentiras por las redes sociales, se convierten en brujos que predicen el futuro o en pastores que parecen más adivinos que líderes espirituales. Y muchos caen en sus mentiras porque la incertidumbre es combustible para la ansiedad, un mal que hoy parece acompañar a buena parte de la humanidad.

Tenemos, además, nuestro propio revólver: el celular.

Nos dicen que todos los días tiembla en alguna parte del planeta y que algunos terremotos pueden ser devastadores, como el del pasado lunes o el ocurrido en Venezuela en pleno Mundial. Entonces nos pegamos al teléfono y comenzamos a consumir información compulsivamente, como si conocer cada movimiento telúrico nos hiciera más inmunes al próximo desastre.

De alimentar ese miedo se encargan quienes convierten cada réplica en una oportunidad para conseguir visitas, clics, seguidores o dinero. No les interesa necesariamente informar; les interesa que la gente no deje de mirar.
Ahí la información se convierte en espectáculo.

El Servicio Geológico Colombiano ha informado que, después del terremoto de magnitud 7,4 del pasado lunes, se han registrado más de 325 réplicas, de las cuales apenas dos han superado la magnitud 4.

¿Vale la pena informar sobre cada una?
La pregunta no es si una réplica ocurrió. La pregunta es: ¿qué le aporta esa información a la sociedad?
¿Causó daños importantes?
¿Hay personas heridas?
¿Existe una amenaza para la población?
¿Puede esa información ayudar a salvar una vida?

Si la respuesta es sí, hay que informar. Pero si lo único que conseguimos es que miles de personas vuelvan a sentir miedo por un movimiento que no produjo daños, quizá no estamos informando: estamos alimentando la ansiedad colectiva.

Capítulo aparte merecen quienes utilizan inteligencia artificial para fabricar imágenes, videos o noticias falsas y presentarlas como reales. O quienes aprovechan una tragedia para pedir dinero, incluso suplantando a personas u organizaciones que verdaderamente trabajan por los damnificados o por los animales.

Eso ya no es ignorancia. Es aprovecharse del miedo, del dolor y de la solidaridad de los demás. Las tragedias siempre han tenido espectadores. Lo preocupante es que ahora algunos han descubierto que también pueden tener seguidores, monetización y fama.

Por eso, en tiempos de terremotos, antes de compartir deberíamos hacernos una pregunta: ¿Estoy informando o estoy aumentando el miedo?

No podemos evitar que la tierra tiemble. Pero sí podemos evitar que otros hagan temblar nuestra mente con mentiras. Y quizá esa sea la mejor forma de enfrentar a los influencers de la tragedia: no darles nuestro miedo, nuestro clic ni nuestra atención.

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