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El miedo no evita los temblores

Estamos viviendo momentos de pánico desde aquel terrible 10 de agosto. No es que antes no hubieran ocurrido terremotos; es que hacía mucho tiempo no sentíamos uno tan cerca. El de La Guaira, en Venezuela, durante el Mundial, nos preocupó, pero aquello que no sentimos directamente es difícil que lo vivamos como propio.

El sismo con epicentro en San José del Palmar, Chocó, fue diferente. Se sintió en buena parte del país y nos recordó que también somos vulnerables. Después del terremoto del Eje Cafetero de 1999, casi tres décadas de relativa tranquilidad sísmica habían hecho que muchos olvidáramos esa realidad.

Colombia es un país sísmico. El Servicio Geológico Colombiano registra, en promedio, unos 2.500 sismos al mes, aunque la inmensa mayoría ni siquiera los sentimos. Y no estamos hablando de un fenómeno exclusivo nuestro: todos los años la tierra tiembla en distintos lugares del mundo. Haití, por ejemplo, sufrió en 2010 uno de los terremotos más devastadores de la historia reciente.

Eso no significa que debamos minimizar lo ocurrido ni el dolor de quienes perdieron seres queridos o sus bienes. El miedo después de un terremoto es completamente humano. El problema aparece cuando ese miedo se queda a vivir con nosotros.

Desde el 10 de agosto hemos aprendido a contar réplicas, a sobresaltarnos con cualquier movimiento y a convertir cada pequeño temblor en una nueva amenaza. Las redes sociales, además, han contribuido a multiplicar rumores, videos y supuestas predicciones que no tienen sustento científico.

Hay algo que debemos entender: nadie puede predecir con certeza cuándo, dónde y con qué magnitud ocurrirá el próximo terremoto. Pero eso no significa que estemos indefensos. Podemos construir mejor, revisar nuestras viviendas, tener un plan familiar de emergencia y aprender qué hacer cuando la tierra vuelva a moverse.

Una cosa es estar preparados y otra muy distinta vivir aterrorizados. El miedo no evita los terremotos. Tampoco evita la muerte, que algún día llegará inevitablemente. Lo que sí puede hacer el miedo es robarnos anticipadamente momentos que todavía no han ocurrido.

No sabemos cuándo volverá a temblar. Pero sí sabemos algo: hoy estamos vivos. Y mientras llega ese día que ninguno de nosotros puede aplazar, quizás deberíamos preocuparnos un poco menos por contar las réplicas y un poco más por contar las razones que tenemos para agradecer, abrazar, conversar, reír, trabajar, amar y disfrutar la vida.

Porque prepararnos para un terremoto es sensato. Vivir esperando que ocurra, no.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General de A la luz Pública.

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