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Con la bebé a cuestas y el fusil en las manos

Por esos días del mes de septiembre del año 1918, en la finca El Palomar, cerca del río Recio, del hoy corregimiento de Tierradentro, municipio de El Líbano – Tolima, nació la legendaria Rosalba Velásquez Ruiz, madre y compañera, amada y temida, víctima y victimaria del conflicto bipartidista colombiano y subyugada por el machismo, esa mujer que con el transcurrir del tiempo se convirtió en un emblema de la memoria viva y cruzada de estudiosos de la complejidad humana en ese cruento capítulo de la vida colombiana (1946 – 1966).

Esta trascendencia que la vida de Rosalba adquiere para los investigadores del absurdo conflicto político colombiano y críticos literarios, nace con la obra que escribió el periodista y líder social Alirio Vélez Machado, publicada en 1962 como Sargento Matacho: la vida de Rosalba Velásquez Ruiz, el mismo año en que ella murió en un enfrentamiento con el ejército.

Vélez Machado tuvo dos fuentes reales que le dan ese toque histórico a las acciones de Rosalba Velásquez Ruiz, a quien el autor no conoció, solo contemporáneo y de paisanos. Se trata de María Tránsito Velásquez, la madre de la protagonista, y una carta que recibió el escritor de parte de José William Ángel Aranguren Parra, ‘Capitán desquite’, su último compañero de vida. De estas fuentes hace referencia su hijo y autor Edgar Vélez Ruiz, quién advierte que ese documento ya no existe.

Según el relato del escritor libanense, los primeros años de Rosalba se desarrollan en un ambiente familiar rural. Escasos estudios primarios, un primer amor con matrimonio temprano y obviamente inmaduro. Luego, la infidelidad y la violencia machista que la lleva a una segunda unión y al parecer a un amor verdadero, que termina con el asesinato de su compañero y sobre su cadáver jura venganza. Desde ese día y hasta su muerte, su vida transcurre entre muertes, enrolada en las filas del bandolerismo, la cárcel, el nacimiento de sus cuatro hijos y algunas furtivas visitas a su madre.

Sobre la obra de Alirio Vélez Machado, se conocen algunos trabajos como “Elegía a la Sargento”, documental con enfoque sociológico de Camila Castellanos y Cristian Rodríguez para optar al título de Comunicadores Sociales, en la Pontificia Universidad Javeriana, 2021; y la obra de “Mujer, madre y conflicto: el caso de la Sargento Matacho (1933-1964)«, de Ximena Pachón (antropóloga) y Oscar Arnulfo Cardozo (sociólogo), publicado en la revista Controversia, número 217 del Cinep, un estudio que hace parte del proyecto “Recuerdos de infancia de antiguos niños guerrilleros”, convocatoria Orlando Fals Borda, 2018.

Los autores, fueron testigos del emotivo encuentro familiar de los Velásquez, en El Líbano, donde William, hijo de Rosalba Velásquez, recibe como regalo una foto de su madre con la pequeña Cielo, su hermana materna, fruto de la relación con ‘Desquite’.

Son muchas las historias que se tejen sobre la vida de Rosalba Velásquez, como combatiente armada, sus hijos, sus víctimas fatales y hasta de su propia muerte en enfrentamiento con el Ejército, en cuyo capítulo involucran a la niña Cielo, con diferentes desenlaces. Sin embargo, el también paisano, investigador y relator de la historia de El Líbano, nos reveló que la infanta fue adoptada, vivió en la hacienda La Aurora y murió a muy corta edad, por problemas respiratorios. Para la época, Alfonso residía en ese sector rural y agrega que el propio ‘Desquite’ sepultó a su pequeña en el cementerio del corregimiento de Santa Teresa, hecho del cual supo, con anterioridad, un capitán de la Policía Nacional, quien decidió respetar el dolor del padre bandolero, para luego continuar su “cacería”.

En algunas construcciones literarias se proyecta el imaginario popular sobre Rosalba, una mujer con el bebé a cuestas y el fusil al hombro, víctima y victimaria, participante de los hechos tristes de ese capítulo colombiano, de quiénes se ha escrito por sus acciones, por su origen campesino, se les juzga y condena, pero casi nunca se reconoce que fueron también víctimas de hechos generados por otros para su bien personal; nunca el del campo y sus labriegos.

Por: Miguel Salavarrieta Marín

Comunicador social y periodista.

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