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La Concha Acústica: una obra que merece ser reconocida

En el debate público de una ciudad con tantas asignaturas pendientes como Ibagué, es habitual caer en la trampa del eterno inconformismo. Se ha vuelto una costumbre generalizada desestimar los logros de las administraciones bajo el simplista argumento de que “solo están cumpliendo con su deber”. Es verdad: recuperar la infraestructura pública es una obligación legal y, en muchos casos, una deuda histórica de los gobernantes.

Sin embargo, en el ejercicio del análisis ciudadano, la honestidad intelectual obliga a reconocer que entre la obligación y la ejecución existe un abismo llamado voluntad política. Hoy, con la entrega de la renovada Concha Acústica Garzón y Collazos, la administración municipal liderada por la alcaldesa Johana Aranda demuestra que la cultura puede convertirse en una prioridad real y no en un simple renglón de un plan de desarrollo.

Durante más de seis años, este icónico escenario permaneció sin albergar el Festival Folclórico Colombiano y sumido en un profundo deterioro estructural. La frase identitaria de “mi casa está de fiesta” terminó convirtiéndose, por un tiempo, en un lamento colectivo ante un Parque Centenario que parecía perder su razón de ser.

Por eso, reducir una intervención cercana a los $10.000 millones a un simple “cumplimiento del deber” desconoce la complejidad técnica, administrativa y financiera que implicó devolverle la vida a este patrimonio de la ciudad. No se trató de una mano de pintura. La obra comprendió la modernización de graderías, camerinos, cubiertas, redes eléctricas e iluminación, además de la recuperación de elementos patrimoniales como el mural y la figura del Hombre Pentagrama.

Pero quizá lo más valioso para los habitantes de la Capital Musical no sea la infraestructura recuperada, sino el reencuentro con su propia esencia. La reapertura oficial, engalanada por la presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia en el marco del 52.º Festival Folclórico Colombiano, tuvo un profundo significado simbólico. Ver un aforo cercano a las 3.000 personas completamente lleno, vibrando nuevamente con las muestras de las embajadoras de las comunas, los pasillos y los sanjuaneros, confirmó que el Festival, por fin, volvió a casa.

Este logro colectivo deja una reflexión que vale la pena hacer como sociedad: reconocer lo que se hace bien no equivale a hacer propaganda; significa valorar el progreso técnico y social de nuestro propio entorno. Polarizar incluso alrededor de la recuperación de un bien común solo empobrece el debate público. La Concha Acústica no pertenece a una alcaldía ni a un color político; pertenece a los artistas tradicionales, a las nuevas generaciones de músicos y a cada ciudadano que siente el Parque Centenario como parte de su historia.

La administración municipal cumplió con la recuperación física del escenario y con la ejecución del proyecto. Ahora comienza un desafío igual de importante: que los ibaguereños lo hagan suyo. El verdadero éxito de este renacer cultural dependerá del sentido de pertenencia con el que cuidemos, defendamos y disfrutemos este templo de nuestra música.

Reconocer un acierto de la administración actual no implica renunciar al espíritu crítico; por el contrario, fortalece la credibilidad de quienes ejercemos opinión. Del mismo modo que corresponde señalar los errores, también resulta justo destacar las decisiones que benefician a la ciudad. Celebremos, entonces, el regreso de nuestras tradiciones al lugar del que nunca debieron salir y asumamos, como comunidad, la responsabilidad de mantener viva la llama de este renovado orgullo ibaguereño.

Este es un editorial de A la Luz Pública.

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