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La etapa más rastrera de la política colombiana en los últimos treinta años

En cerca de 25 años ejerciendo el periodismo, tiempo en el que he visto prácticamente de todo en la política colombiana, no recuerdo haber presenciado un nivel de degradación como el actual.

Me atrevo a decir que, guardando las proporciones y con las debidas diferencias históricas, el ambiente que hoy se respira comienza a parecerse a lo que describen los relatos de aquella época que la historia bautizó, con toda razón, como La Violencia.

El problema ya no son las ideologías. Eso pasó a un segundo plano. Lo que vemos es un odio profundo hacia el adversario, una lógica según la cual lo único importante es destruir al contrario. Y no hablo únicamente de una destrucción política o moral; cada vez son más frecuentes los discursos que cruzan líneas peligrosas y normalizan la idea de eliminar al que piensa diferente.

Existe una frase tan repetida como vigente: quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, Colombia se sumergió en una espiral de violencia alimentada por fanatismos políticos, discursos incendiarios y la deshumanización del adversario. De aquellas heridas surgieron conflictos que el país aún no ha logrado cerrar por completo.

Con esto no pretendo afirmar que unos fueron los buenos y otros los malos. La responsabilidad por la sangre derramada estuvo repartida en distintos sectores. Lo que sí resulta evidente es que aquel odio bipartidista no construyó nada; por el contrario, dejó profundas cicatrices y degradó moralmente a la nación.

¿Quién ganó aquella guerra? Nadie. Quizá quienes menos perdieron fueron las élites políticas de cada bando. Los que pusieron los muertos fueron vecinos, amigos, familiares y campesinos que terminaron enfrentándose entre sí mientras otros dirigían la confrontación desde la distancia.

La historia universal también ofrece lecciones contundentes. En la Alemania nazi, la construcción de enemigos internos llevó a uno de los episodios más vergonzosos de la humanidad: el exterminio sistemático de millones de personas. En Ruanda, la promoción del odio entre comunidades que habían convivido durante años desembocó en una tragedia que dejó cerca de un millón de muertos.

¿De verdad queremos recorrer ese camino otra vez?

Nadie —y óigase bien— debería hablar de aniquilar, destruir o acabar con quien piensa distinto. Mucho menos quien se proclama creyente o seguidor de valores cristianos. Resulta profundamente contradictorio invocar el nombre de Jesús para justificar el odio, la agresión o la violencia verbal. El mensaje esencial del cristianismo fue el amor al prójimo, no la eliminación del contradictor.

Por lo demás, gane quien gane este 21 de junio, la vida continuará para todos los colombianos. El próximo mandatario tendrá que hablar menos y gobernar más. Su primera misión, nada sencilla, debería ser intentar reconciliar a un país que hoy parece fracturado en dos mitades irreconciliables.

Y quien resulte elegido no debería olvidar una realidad fundamental: llegará al poder con una diferencia estrecha y con millones de ciudadanos que no comparten su visión del país. Tendrá una oposición fuerte y legítima. Allí se pondrá a prueba su grandeza política: escuchar a quienes piensan diferente o intentar imponer sus ideas desde la soberbia del poder.

La historia demuestra que la tentación autoritaria no tiene ideología exclusiva. La tiranía ha sido ambidiestra. Existen ejemplos nefastos tanto en la izquierda como en la derecha. Por eso, más que vigilar colores políticos, lo que corresponde es vigilar comportamientos, discursos y formas de ejercer el poder.

Quizás la pregunta que cada colombiano debería hacerse no es quién ganará las elecciones, sino qué clase de persona se ha convertido por culpa de ellas. Si para defender a un candidato tuvo que odiar a su vecino, insultar a su familia, justificar la violencia o desear la desgracia de quien piensa distinto, entonces ya perdió, sin importar quién ocupe la Casa de Nariño. Porque las elecciones duran un día; las heridas que deja el fanatismo pueden tardar generaciones en sanar.

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