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No queremos la verdad, queremos que nos den la razón

Hay una escena que se repite todos los días en la política, en el fútbol y hasta en la religión. Un personaje dice exactamente lo que un grupo desea escuchar. No importa si tiene pruebas, no importa si exagera o incluso si ayer decía lo contrario. En ese instante se convierte en referente.

La psicología lo llama sesgo de confirmación. Tendemos a aceptar con facilidad aquello que confirma nuestras creencias y a rechazar con severidad aquello que las contradice. No juzgamos las ideas únicamente por su calidad; muchas veces las juzgamos por la comodidad que nos producen.

En política ocurre todos los días. Si un dirigente afirma que determinado presidente es un héroe o un villano, miles de personas lo aplaudirán antes de preguntar por las evidencias. Lo importante no es la prueba. Lo importante es que alguien dijo en voz alta lo que el grupo ya pensaba.

En el fútbol sucede exactamente igual. Un comentarista puede pasar años atacando a Messi, a Cristiano Ronaldo, a Argentina o a cualquier equipo. Habrá quienes lo consideren un analista brillante no porque argumente mejor, sino porque confirma una emoción previa. El aplauso no siempre recompensa la verdad; muchas veces recompensa la afinidad.

La religión tampoco escapa a ese fenómeno. Cuando un Papa pronuncia palabras que desafían la tradición o introduce un enfoque pastoral diferente, algunos fieles lo celebran y otros lo condenan. Curiosamente, muchas veces las reacciones aparecen antes de leer el contexto completo. Cada quien interpreta el mensaje desde el filtro de lo que esperaba escuchar.

Las redes sociales agravaron este comportamiento. Los algoritmos descubrieron que la indignación genera más interacción que la reflexión. Nos muestran una y otra vez voces que piensan como nosotros hasta convencernos de que el mundo entero coincide con nuestra visión.

La humanidad nunca había tenido tanto acceso a la información. Paradójicamente, nunca había sido tan fácil elegir solo aquella que confirma nuestros prejuicios. No vivimos en la era de la desinformación; vivimos en la era de la información seleccionada. Cada quien construye su propia verdad y luego busca quién la repita. Y cuando eso ocurre, el líder deja de ser quien demuestra tener razón para convertirse simplemente en quien mejor interpreta nuestras emociones.

Quizá la verdadera inteligencia no consiste en encontrar a quien siempre nos dé la razón. Consiste en tener la suficiente honestidad para escuchar con atención a quien puede demostrar que estamos equivocados. Porque la verdad tiene una característica incómoda: no está obligada a coincidir con nuestras preferencias.

No olvide esta máxima: “Las personas rara vez siguen a quien tiene la razón. Generalmente siguen a quien les hace sentir que ya la tenían”.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General

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