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Morir por encajar: el lado oscuro de la obsesión por la belleza

Dos casos ocurridos esta semana me dejaron profundamente consternado. Ambos están relacionados con procedimientos irregulares de liposucción realizados en sitios que no contaban con las condiciones ni los permisos necesarios para practicar este tipo de intervenciones.

El primero ocurrió en Ibagué, donde una joven de apenas 23 años terminó con su salud seriamente comprometida. Fue su padre quien denunció la situación y logró que la trasladaran de urgencia a un centro asistencial para estabilizarla.

El segundo caso, mucho más macabro, le dio la vuelta al mundo. Una mujer de 52 años desapareció después de someterse a un procedimiento estético en un lugar clandestino. Según registros de cámaras de seguridad cercanas al sitio, la mujer habría sido sacada arrastrada, aparentemente sin signos vitales. Al momento de escribir esta columna, aún no se tenía información sobre el paradero de la mujer ni de los responsables de su desaparición.

Existe incluso un video, grabado por una amiga durante el postoperatorio, que se hizo viral en redes sociales. En las imágenes se observa a la mujer profundamente descompuesta mientras intentan alimentarla. Aun así, quienes supuestamente debían cuidarla decidieron huir.

Es evidente que este tipo de procedimientos exige clínicas habilitadas, cirujanos plásticos certificados, anestesiólogos y un equipo médico profesional. No es casualidad que una cirugía de esta categoría tenga costos elevados. En Colombia, dependiendo de la complejidad y del lugar, una liposucción puede superar fácilmente los 15 millones de pesos cuando se realiza bajo estándares adecuados de seguridad.

Pero el problema de fondo va mucho más allá de una clínica ilegal o de un procedimiento barato. La verdadera pregunta es otra: ¿hasta dónde llega el deseo de encajar en los estándares de belleza que hoy impone la sociedad? ¿En qué momento una persona decide que vale la pena arriesgar la vida con tal de sentirse aceptada frente al espejo o frente a las redes sociales?

No es un tema de edad. El primer caso involucra a una mujer joven; el segundo, a una mujer madura. La presión estética atraviesa generaciones enteras. Y aunque la lógica debería advertirnos que un procedimiento ofrecido por menos de la mitad de su valor real despierta sospechas inmediatas, muchas veces el deseo de verse “mejor” termina pesando más que el sentido común.

No creo que las víctimas ignoraran completamente el riesgo. El problema es más profundo. Existe un patrón cultural peligroso que normaliza la idea de que cualquier sacrificio vale con tal de alcanzar ciertos cánones físicos. Vivimos en una época obsesionada con la apariencia. Las redes sociales amplificaron esa presión: cuerpos perfectos, filtros, vidas aparentemente impecables y una competencia silenciosa por validación permanente.

Hoy muchas mujeres —y también hombres— viven sometidos a la angustia de no sentirse suficientes. Se inscriben en gimnasios, corren maratones, siguen dietas extremas o recurren a procedimientos invasivos. Algunos lo hacen por salud, sí, pero sería ingenuo negar que gran parte responde a una necesidad emocional de aceptación y reconocimiento.

Paradójicamente, estamos en una de las épocas con más culto a la belleza y, al mismo tiempo, con mayores niveles de ansiedad, depresión e insatisfacción personal. Nunca hubo tanta gente “perfecta” hacia afuera y tan rota por dentro.

Hace algunos años, una mujer joven y muy hermosa de la ciudad decidió quitarse la vida. Quienes la conocían sabían que cuidaba obsesivamente su físico y compartía diariamente en redes sociales sus rutinas de ejercicio. Nada de eso evitó que terminara librando una batalla silenciosa contra sí misma.

Por eso este debate no puede quedarse únicamente en la ilegalidad de ciertas clínicas. También debe llevarnos a hablar de salud mental, autoestima y presión social. Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente cómo nos vemos y empezar a preguntarnos, con honestidad, cómo nos estamos sintiendo.

Porque ninguna cirugía podrá llenar el vacío de una sociedad que aprendió a admirar cuerpos, pero olvidó cuidar almas.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General

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