La polarización no nació con las redes sociales, ni con Gustavo Petro, ni con Álvaro Uribe. Es tan antigua como la humanidad misma.
En la antigua Grecia ya se enfrentaban dos formas opuestas de entender el mundo. Por un lado, los idealistas cercanos a Platón concebían un Estado orientado hacia la justicia universal, la virtud y el bienestar moral por encima del pragmatismo político. Del otro lado estaban los realistas, convencidos de que el poder debía sostenerse mediante la fuerza y la autoridad para garantizar la supervivencia del Estado.
Siglos después, terminada la Edad Media, llegaron nuevas disputas filosóficas. Los empiristas y los racionalistas libraron otra batalla intelectual sobre la manera correcta de organizar la sociedad y comprender la realidad. John Locke, considerado el padre del liberalismo, defendía que el Estado nacía de un pacto social destinado a proteger derechos naturales como la vida, la libertad y la propiedad privada. Mientras tanto, Thomas Hobbes, en su obra Leviatán, justificaba un Estado fuerte y centralizado para evitar que el hombre regresara al caos y a la guerra permanente. René Descartes, por su parte, elevó la razón como el principal instrumento para comprender el mundo.
Ni siquiera Estados Unidos escapó a esa lógica de confrontación ideológica. Desde su consolidación como nación han coexistido dos grandes visiones políticas representadas por demócratas y republicanos.
Los demócratas suelen identificarse con posturas más progresistas: defensa del salario mínimo, tributación progresiva, derechos civiles, control más estricto sobre las armas, libertad de culto y ampliación de derechos para minorías y mujeres. Entre sus figuras más emblemáticas están John F. Kennedy, Franklin D. Roosevelt y Barack Obama.
Los republicanos, en cambio, han defendido históricamente el libre mercado, menos intervención estatal, una interpretación más conservadora de los valores tradicionales y el derecho a la posesión de armas. Allí aparecen nombres como Richard Nixon, George Bush y Donald Trump.
Colombia jamás ha sido la excepción.
Aquí la polarización comenzó desde los primeros años de la República: centralistas contra federalistas, bolivarianos contra santanderistas y, posteriormente, liberales contra conservadores. Detrás de esas diferencias ideológicas siempre hubo violencia, persecución y sangre.
Jorge Eliécer Gaitán representó un liberalismo popular y progresista que despertó una devoción masiva entre las clases populares. Laureano Gómez, desde la otra orilla, encarnó uno de los conservadurismos más radicales del siglo XX colombiano. Ambos movilizaron pasiones intensas y seguidores dispuestos incluso a morir por sus ideas.
El asesinato de Gaitán en 1948 no solo desató “El Bogotazo”; también profundizó un ciclo de violencia política que terminaría alimentando décadas después el surgimiento de múltiples grupos armados y guerrillas en Colombia.
Hoy la coyuntura tiene otros nombres: Gustavo Petro y Álvaro Uribe Vélez. Detrás de ellos no solo existen simpatizantes o detractores; también hay modelos distintos de país, concepciones opuestas del Estado y formas diferentes de entender el poder.
Para algunos, Petro representa la esperanza de una transformación social; para otros, un riesgo institucional. Para unos, Uribe simboliza seguridad y autoridad; para otros, representa el origen de buena parte de las fracturas nacionales. Ambos generan admiración y rechazo con la misma intensidad.
Pero aquí lo importante no es elegir fanáticamente un bando, sino revisar con honestidad cómo cada ciudadano entiende el país, qué valores defiende, cómo interpreta la realidad y, a partir de ello, ejercer el voto con responsabilidad.
También existe el derecho legítimo de apartarse de esa polarización sempiterna y absurda. Hay quienes prefieren candidatos capaces de construir puntos de encuentro sin convertir al contradictor en enemigo. Porque no todo es blanco o negro; los matices también existen y los grises son igual de válidos.
No se asuste si le dicen “tibio”. Muchas veces quienes usan ese término son precisamente quienes necesitan un país dividido para poder existir políticamente.
No coma cuento del “voto útil”. Vote por quien realmente lo represente. Hay candidatos que no merecen el porcentaje que tienen en las encuestas, pero vivimos en una sociedad donde lo estridente suele imponerse sobre lo sensato. Tal vez haga parte de nuestra propia genética colectiva: ese ADN emocional que nos vuelve visibles ante el mundo y que explica por qué Colombia vive permanentemente entre la pasión y el conflicto.
Creo que habrá segunda vuelta y que la polarización continuará incluso cuando haya nuevo presidente, gane quien gane. Los analistas dicen que “se vienen tiempos difíciles”, pero yo me hago una pregunta más simple y más incómoda:
¿Cuándo ha sido fácil este país?
Porque quien crea que Colombia alguna vez ha vivido en calma absoluta, probablemente no conoce su historia.
Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Editor General.
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad