Luis Carlos

La primera noche

Los vi llegar como muchas otras personas que arribaban a estos lugares. Un hombre con cara de tigre fatigado, una mujer de mirada buena y una niña con ojos de querer saber más del mundo.

Entraron en silencio, parecían nerviosos, pero, a leguas se notaba que algo más les preocupaba. Tal vez no atravesaban por un buen momento y sumado a lo que venía a continuación, no era para menos que tuvieses esos rostros de angustia, como cuando a los seres humanos se les olvida que existen las cosas importantes de la vida.

Podía decir que eran como cualquier otros; sin embargo, noté que algo en estas personas era diferente. Me conecté con ellos casi de inmediato y eso ocurre muy pocas veces cuando uno se encuentra en este sitio en donde estoy ahora.

La recepcionista los atendió y les pidió que esperaran un momento. Los tres se sentaron lado a lado mientras pronunciaban palabras entre susurros como quien juega a consentir a un niño cambiando el tono de la voz.

Pasaron alrededor de cinco minutos cuando una mujer de contextura gruesa, piel blanca, cabello negro y con los brazos llenos de tatuajes, les pidió que la acompañaran a una pequeña habitación en donde les explicó cómo sería el procedimiento con los mininos que traían en una caja de plástico con rejillas de metal.

El rostro de la que, al parecer era la dueña de los gatos, palideció cuando la mujer de los tatuajes les confesó que existía una gran posibilidad de infarto en los animales durante la operación; no obstante, les aseguró que harían todo lo posible por salvarlos en caso tal de que eso sucediera.

Salieron del lugar, caminaron a través del recinto, llegaron hasta unas escaleras que los condujo a un sótano y una vez abajo, recorrieron un largo pasillo adornado con cuadros y fotografías de animales y lo que parecían ser dibujos coloridos en forma de mascotas hechos por niños.

La mujer de los tatuajes les indicó la celda en donde pasarían la noche los felinos. Las tres personas los abrazaron, les besaron y se despidieron con sus ojos inundados de sentimiento.

Fue entonces cuando recordé que el amor que nace por los animales, de parte de cientos de seres humanos, es algo sorprendente, al punto que, llegado el momento, las mascotas, no importa su origen, se convierten en parte de la familia o mejor, en verdaderos hijos.

Papá, mamá e hija, caminaron en silencio hasta su vehículo mientras la nieve se confundía con sus lágrimas. Una vez adentro, el hombre, como tratando de disimular la situación, exclamó:

—¡Está será la primera noche que pasan lejos de casa! Pero, al menos no estarán solos, se tienen el uno al otro.

Luego, todo fue silencio. Entonces, la vi, sí, la vi a ella, a mi hermosa Mita, como la llamaba yo de cariño, aunque ella nunca lo supiera. La vi con su carita de angustia, con sus ojitos hechos un mar de llanto. Sentí sus desconsolados abrazos, sus tiernes besos y escuché sus palabras que me decían cuánto me amaba y que yo había sido el mejor regalo que la vida le hubiese podido dar.

Las auxiliares la tomaron de la mano y a paso lento la ayudaron a salir de la sala para después continuar con su trabajo.

La observé caminar lentamente, con el alma y el corazón rotos, transitó el mismo pasillo que recorriese la familia antes mencionada y cada paso que daba se le desgarraba algo por dentro.

Fue un momento verdaderamente triste. Quería decirle que yo también la amaba; quería ronronearle una última vez… en verdad, hubiese deseado poderme levantar de esa fría bandeja para recostarme en sus piernas o subir a su regazo y darle mi último maullido, pero, era demasiado tarde… para ese momento, yo ya no tenía más vidas.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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