Leyendas urbanas que no son tan leyendas pero sí urbanas

Luis Carlos Rojas

Luis Carlos Rojas

Hace algún tiempo entrevisté a un habitante de la calle cuyo baño privado era la fuente de Prometeo Artesano frente al Sena. En aquel entonces, el hombre me contó que en Ibagué funcionaban hoteles especializados en recibir a las personas de la calle con unas tarifas únicas y al alcance de todo aquel que no tenía con qué pagar, asunto que no me pareció relevante. Sin embargo, lo que me comentó después me pareció un poco ilógico. Según el hombre, en dichos hoteles, no sólo iban personas de la calle, por el contrario, personajes de muy alta reputación disfrazados de vampiros se colaban en las noches en esos lugares para perderse en su adicción.

El hombre finalizó diciendo que ahí, en esos sitios, se veía de todo, desde violaciones, hasta las situaciones más aberrantes las cuales pocos, incluyéndolo a él, podían soportar. El asunto quedó como una nota más en el medio de comunicación en el que trabajaba. El tema de esos lugares clandestinos pasó a ser una especie de leyenda urbana. En los últimos días sin embargo, leí una noticia en donde reseñaban el cierre de un hotel cerca a la plaza de la 21 en donde el servicio no era sólo para dormir, era un lugar especializado, tal cual como me lo comentó aquel hombre, en alquilar habitaciones para que los drogadictos pudiesen ir a consumir toda clase de drogas. Lógicamente en la noticia no dicen que ahí mismo les vendían la droga, claro, imagino que no tienen pruebas y el caso se trató más de un asunto de sanidad.

Pese a lo anterior, hay decir que ese lugar que cerraron no es único. Hace un par de semanas entrevisté a un preocupado comerciante de la ciudad, dizque musical de Colombia. Manuel, nombre ficticio por supuesto, me comentó que por los alrededores del parque Galarza ocurre exactamente lo mismo. Existen hoteles clandestinos en donde cualquiera, por unos pesos, puede arrendar una habitación para ir a darse en la cabeza como dicen popularmente. Pero estos lugares han venido mejorando, ahora no sólo arriendan habitaciones, también comercian con artículos robados, compran o cambian el mercado que les llevan las personas de la calle que van de casa en casa pidiendo con cualquier excusa: desplazados, operaciones, cáncer, entierros, familiares desaparecidos, los que están completando para el pasaje o los que acaban de salir de la cárcel y van para el Valle, entre otros.

Con la recolección de víveres y demás, los dueños de estos lugares hacen paquetes que luego venden a las prostitutas de la 19 o a los travestis que se prostituyen en la 16 con cuarta. Así funciona el negocio, pero si por los alrededores de la 19 llueve, por barrios como la Ciudadela Simón Bolívar, Jardín y otros más, no escampa. Cuenta Manuel que en algunas de las casas de esos barrios hay sótanos diseñados para que los drogadictos se encierren un buen rato y puedan volar. Allí también cambian los mercados que recogen durante el día la gente de la calle y luego los venden a las tiendas o los comercializan en otros lugares.

Lo curioso de todo esto es que no es secreto, todo el mundo lo sabe, de hecho, lo que sucede por los alrededores del parque Galarza o la plaza de la 21 ocurre en las narices de las autoridades ¿En dónde está su labor? Sin desmeritar el trabajo de las autoridades que algo hacen, no deja de causar escozor verlos correr detrás de los vendedores ambulantes o montando la persecución a los motocicletas con sus amigos los de las grúas, todo un negocio por cierto, cuando el verdadero crimen campea tranquilo a la vuelta de la esquina de sus dependencias, inclusive en los ranchos esos de varios pisos en donde trabajan dizque los dirigentes de la ciudad en donde también más de uno se da en la cabeza, pero de eso no se habla, ni mucho menos se investiga.

El caso del hotel que cerraron es toda una novedad; sin embargo, cómo no extrañar a lo que alguna vez se conoció como el detectivismo, en donde los muchachos, sin tener muchos recursos tecnológicos, realizaban su trabajo como tenía que ser. No como ahora, que cuando no están rompiendo sus propias reglas de tránsito, están coqueteando a las estudiantes de los colegios o a las empleadas de servicio de los conjuntos o casas de los que tienen con qué. El problema es que ahora todos los problemas del país y por supuesto de la ciudad, pareciera que no existen.

Son tan solo leyendas urbanas que no son tan leyendas pero sí urbanas.

Por: Luis Carlos Rojas García, Kaell, escritor, cineasta.