Atletismo
Imagen: Diego Vargas

Nos está matando el egocentrismo

Así es. Nos invadió la pandemia del egocentrismo y esta enfermedad fuera de ser muy contagiosa, puede afectar el organismo de manera considerable si no se trata a tiempo. No exagero. Los médicos se han puesto de acuerdo en este tiempo para hablar de ansiedad y de depresión pero, no todos hablan del origen de estas patologías mentales.

La medicina del siglo XXI nos habla de las pastillas mágicas. Cualquier molestia de orden orgánico se soluciona con algún medicamento. Los hay para la tensión arterial, para la diabetes, para la migraña y también para el cerebro. El cóctel de estas últimas es la mezcla entre ansiolíticos y antidepresivos, siendo los primeros muy adictivos.

En resumen si hay una gotera en el techo los médicos nos entregan el trapero para evitar que se inunde la casa. El problema sigue latente. Hoy por hoy la psicología avanza a pasos agigantados con terapias como la famosa cognitivo-conductual que nos confronta con el origen del problema. Esta ciencia es fundamental.

Desde que nacemos empezamos una carrera de ratas, por lo menos así la llama Robert Kiyosaki en su famoso libro Padre rico padre pobre. La sociedad capitalista nos obliga a través de unos estándares a ser importantes y por lo general la mayoría traduce el éxito en acumular cosas materiales y logros profesionales. No importa el cómo.

Llamamos vida a salir como volador sin palo en busca de una existencia feliz a través de recompensas exógenas. En esta época los niños no alcanzan a llegar al mundo y los padres les quieren embutir a la vez: idiomas, instrumentos musicales, deportes, clases extracurriculares para hacerlos muy “exitosos”. Desde párvulos ya están desarrollando ansiedad.

Cuando son jóvenes empieza la competencia por quién tiene más especializaciones, maestrías y doctorados. Seguidamente aparece la vorágine laboral: quién escaló más, quién ya es gerente, cuál gana más dinero, cuál viaja más lejos o qué fulano ostenta más propiedades. En resumen quién tiene más inflado su ego.

Luego llega la edad adulta media y aparecen las consecuencias de esas vidas en competencia, porque nadie recuerda cuando es joven que va a envejecer y que la máquina puede fallar. La aterrizada viene cuando aparecen las cardiopatías, la diabetes y los problemas de salud mental. En casos más extremos los cánceres.

No está mal querer progresar y salir adelante, no obstante, no se puede llamar vida a una existencia llena de angustia. Si estás pagando un precio muy alto en su salud por lograr lo que tiene,  piensa un segundo ¿De qué le servirá, si no lo puede disfrutar?

Pocos hablan hoy en día de los riesgos de llevar una vida de trabajo sin descanso, con deficiente alimentación, nulo ejercicio y mucho estrés. Casi siempre la reacción viene cuando el problema de salud ya apareció. Nos inocularon que progresar, es vivir esclavizados ganando buen dinero. Con billetes podemos lograr un buen nivel de vida, sin embargo, casi siempre se inmola la calidad.

La vanidad no se escapa. La gente asiste en su mayoría a los gimnasios para verse bonito, no para estar bien. Los duros de los músculos se llenan de esteroides para alcanzar grandes niveles. Comen diez veces al día, disparan la insulina y con el tiempo de seguro enfermarán. No es igual verse bien, a estar bien. No confundamos autoestima con egocentrismo.

¿A dónde iremos a parar? No lo sé. Pero es justo que cada uno (me incluyo por supuesto) haga su respectiva introspección y se pregunte si lleva una vida genuina o una para alimentar su ego. Es prudente tener claro que sin buena salud o por lo menos una aceptable, es imposible ser feliz.

Hace un tiempo hablé con la madre de mi hijo que vive en México y me contaba que era un ganador y que de seguro sería rico y exitoso en el futuro. Me indagó si me alegraba y le dije: “Solo espero que su felicidad sea genuina y con el tiempo alimente más su espíritu, que su ego”.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy.

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