Semana Santa: de la devoción a la lujuria

Miguel Salavarrieta

Miguel Salavarrieta

Con un agresivo atentado a la naturaleza, más exactamente contra la palma de cera, por cuenta de los fieles que buscaron la bendición del ‘ramito’, arrancó la Semana Santa, espacio de tiempo que hasta hace unas décadas era dedicada totalmente al fervor religioso, pero desde hace unos años mientras que unos poquitos siguen con esa devoción la gran mayoría van por caminos lujuriosos.

Pertenezco a esos batallones de hombres que en su juventud se pelaron las rodillas en las iglesias y se chamuscaron el “corte en Humberto” en las procesiones. Soy hijo de un padre ejemplar, hombre noble y bondadoso, pero con un pequeño defectico: conservador como Gerlein, orgulloso del color azul del manto de la Virgen, poseedor de un sectarismo gozón hasta el punto de señalar que en la última cena los liberales se emborracharon todos y de los conservadores ninguno. Decía que un militante conservador se distinguía de un liberal, porque al llegar a un pueblo, el primero indagaba donde quedaba la iglesia, mientras el segundo, con la mayor sutileza preguntaba por “el barrio”.

Pues bien, bajo esa dictadura conservadora tenía que asistir a todos los actos religiosos de mi querido Líbano, siendo objeto de la burla de mis compañeros quienes hacían corrillos en la visita familiar a los monumentos, rezar los 33 credos enredándolos en una piola, auxiliar a mi tío Joselo en la capilla de San Antonio y asistir a la “procesión de los hombres” cuando aún se contaba con material suficiente y “calificado” para ello, porque ahora con todos los que han salido del clóset creo que la actualizaron dándole paso a una procesión sin distinción de género, pero que incluye a San Sebastián, patrono popular de los gay.

Nuestra Semana Santa, era de total recogimiento, discotecas cerradas, nada de alcohol, billares, cero vagancia, solo música sacra en las emisoras. Si se iba a una piscina se corría el riesgo de convertirse en pez, si se besaba a la novia se podían quedar pegados, pero no por un rato; y para completar este cuadro de terror, los prostíbulos de vacaciones porque sus anfitrionas viajaban de visita a sus pueblos porque el resto del año “te ganarás el pan con el sudor de tu…frente”, decreta la Biblia. Sin embargo siempre había uno que otro descarriado, entre ellos mi tío Crisanto, desde muy joven amante de los burdeles, del licor fino, del cigarro de contrabando y de las películas porno que proyectaba en su equipo de carreteles, que se “recalentaba” no sé si por el contenido de las cintas o por lo viejo.

Mi abuelo Miguel de los Santos, mucho más godo que mi papá. Miguel de los Ángeles, siempre censuró a su hijo Crisanto por la vida de perdición que llevaba: “Usted es un hombre que vive en pecado y por eso Dios lo castigará”, sentenció con biblia y camándula en mano. Esa tarde de jueves santo, Crisanto salió con sus amigos de ‘Tres Esquinas’ a beber a un cafetín que por ser la semana mayor funcionaba a puerta cerrada solo para clientes especiales. Entre tango y brindis, Crisanto sonreía, se burlaba de las palabras de mi abuelo, pero muy pronto se emborrachó y a escondidas decidió volarse para la casa distante unas ocho oscuras cuadras de donde se hallaba. De tropiezo en tropiezo con la mirada clavada en el piso avanzaba a su destino. Faltando unos 50 metros paró para encender un cigarrillo, levantó la cabeza y su mirada se encontró con algo espeluznante: casi nada, el propio Satanás hecho mujer, enfundado en un largo y blanco traje que llegaba hasta el piso. Crisanto quedó paralizado. Satanás, en un rítmico ritual levantaba sus manos hasta su cara, para con fuerza arrojar por su boca llamas y cenizas que se esparcían en el ambiente. Y así una y otra vez. Crisanto se sentía muy cerca al fuego eterno y como pudo dio la vuelta y a pasos agigantados volvió al bebedero del que había salido. Allí, aún consternado, una y otra vez, contó su encuentro con el señor de los infiernos y la relación con la sentencia de su abuelo. Crisanto se aseguró que fuera de día para no tener otro encuentro diabólico. Entró afanado a la casa, buscó a su padre y tembloroso le relató lo sucedido. Mi abuelo soltó una estruendosa y larga carcajada que atrajo al resto de la familia, mientras su hijo lo miraba asombrado, sin comprender la reacción de su padre. Mi abuelo ante la mirada indagadora de la familia, sonriendo les contó que Crisanto en medio de la borrachera había visto al diablo, flotando y echando fuego por la boca. Mi abuelo siguió riendo y riendo hasta que no pudo más y exclamo: “¡cuál demonio mijo! no ve, que era doña Sacramento quien con su largo camisón blanco, sale siempre a altas horas de la noche, a soplar la plancha de carbón, utensilio de trabajo con el que se gana el sustento planchando las ropas ajenas. Y como ese andén es muy elevado, Usted pensó que flotaba, pero el que se elevaba era usted de la rasca que traía”.

A Crisanto ni el susto le sirvió para cambiar, mientras que Sacramento sigue planchando pero con una de vapor y la reliquia de carbón tranca la puerta de la sala. La Semana Santa sigue su curso, algunos con su pasión espiritual, pero muchos con esa pasión consistente en el “uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales”, como nos lo dice la RAE.

Por: Miguel Salavarrieta Marín, periodista independiente, exdirector de Cultura del Tolima.