Escena

Una escenita a lo Black Mirror

Luis Carlos Rojas García
Luis Carlos Rojas García

Florentino bajó de su auto y se dirigió apresurado al restaurante chino que solía frecuentar. Se detuvo un momento en la entrada, miró con algo de curiosidad un cartel en donde se ofrecía el menú del día y luego, algo llamó su atención. Algo que lo dejó realmente sorprendido ya que, se había acostumbrado tanto a entrar a este lugar y encontrarlo vacío y para ese instante, parecía que los viejos tiempos habían regresado puesto que el restaurante estaba lleno y lo más llamativo, con personas sin mascarilla.

Florentino, sacó de su bolsillo el tapabocas, lo acomodó como es debido y entró al lugar. Los comensales estaban alegres, algunos de ellos llevaban una botella de vino que degustaban con los exquisitos platos orientales.

Los meseros y meseras llevan puesta la mascarilla y corrían de un lugar a otro llevando y trayendo pedidos; Florentino caminó en silencio, era bastante tímido como para entablar alguna charla que no tuviera que ver con ordenar alguno de los platos de la carta.

Una vez en su silla se retiró la mascarilla y no pudo dejar de pensar que era algo gracioso quitarse la mascarilla en la mesa, pero, apenas se levantara tenía que volvérsela a poner. Como si hubiese una barrera de protección en cada mesa que no permitía que el virus más famoso de todos los tiempos acabara con la vida de los clientes.

Una mujer le hizo una seña para que aguardara un instante. Florentino entendió que ella sería quien lo atendería. Tomó la carta y la revisó de arriba abajo. El precio de los platillos oscilaba entre trece y quince dólares y variaba con los combos y especiales que llegaban a los treinta y cuarenta dólares.

Dos veces hubo de revisar el menú antes de decidirse por el número 29. Poulet avec Chop Suey. Recordó que ese era su favorito en su tierra natal. Un joven se acercó le sirvió un vaso con agua fría y a su mente vino la recomendación de un viejo amigo cuando fueron juntos a comer a uno de esos bufets en donde uno se puede comer todo lo que le quepa en el estómago. La consigna era simple, no beber agua fría antes de la comida ya que esta cierra el estómago y crea una sensación de llenura que les funciona muy bien a los propietarios de estos bufets.

Florentino levantó la mirada y la mujer que le había hecho la seña comprendió que estaba listo para ordenar. Sin embargo, la mesera no fue inmediatamente y Florentino comenzaba a impacientarse, mas, cuando un fuerte rugido de león emergió desde sus entrañas. El rugido fue tan estruendoso que las personas que estaban al lado no pudieron disimular la risa.

Florentino sintió que su cara enrojeció y volvió a mirar a la mujer para que lo atendiera lo antes posible. En efecto, por las premuras del día no había desayunado, apenas si había tomado un café y una dona y para ese momento su estómago pedía a gritos alimento.

Por fin la mujer se acercó y antes de que Florentino pudiera ordenar, y con un acento entre québécois y chinois, le pidió su código QR de vacunación de segunda dosis. Florentino la miró más que sorprendido. La mujer le repitió que para poderlo atender tenía que mostrar la aplicación en su celular en donde confirmaba que en efecto estaba vacunado y, sobre todo, que tenía la segunda dosis.

Florentino sintió palidecer, no solo por el hambre, también por el desconcierto al darse cuenta lo controlado que estaba en esta sociedad. No solo era bombardeado en las redes sociales por publicidad y otras cosas. No solo tenía que aguantar que su vida estuviese regida por prototipos relacionados con ropa, diversión, viajes, bebidas, comidas y hasta su forma de hablar y caminar, de relacionarse, de buscar pareja, sino que ahora no podía ni siquiera comprar su plato favorito a no hacer que tuviera un código, un chip.

Se levantó de la mesa casi tambaleando. Todo le daba vueltas. Se puso la mascarilla y caminó hasta la puerta de entrada. Al salir se lavó las manos con el desinfectante y se dirigió hasta el carro. Subió al mismo, lo encendió y se marchó. Durante su recorrido y al revisar otros lugares, se dio cuenta que todo era igual. Las personas mostraban su código QR de vacunación en el celular para poder entrar.

Desesperado aceleró y fue directamente a su edificio. Parqueó su auto y su asombro no pudo ser mayor al encontrar un letrero en donde le advertían que en las próximas semanas se instalaría un lector de códigos QR para verificar la vacunación y que sin ese código no iba a poder entrar. Subió por las escaleras, llegó hasta su apartamento, cerró la puerta con violencia, bajó las cortinas de las ventanas. Apagó todos los dispositivos y se encerró en la oscuridad de su habitación siendo que su corazón iba a estallar. Pensando que todo esto no era más que una escenita a lo Black Mirror.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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