En Colombia se habla de crecimiento económico, de proyecciones positivas y de señales de recuperación. Pero cuando una madre de Chaparral no alcanza a llenar el mercado, cuando un cafetero de Planadas no logra cubrir los costos de producción o cuando un joven de Ibagué no encuentra empleo estable, es evidente que ese “crecimiento” no está llegando a la vida real de la gente. El país avanza, sí, pero a un ritmo que no alcanza para el bolsillo del ciudadano, y mucho menos para el del tolimense que vive fuera de las capitales económicas del país.
Los análisis económicos más recientes muestran un panorama que debe preocuparnos: Colombia crecerá apenas entre 1,3 % y 1,8 % este año, una cifra insuficiente frente al aumento del costo de vida y a las necesidades sociales acumuladas. La inflación, aunque ha cedido, sigue por encima del ideal, ubicada alrededor del 7 %, afectando especialmente alimentos, transporte y servicios públicos. Y si bien el Banco de la República mantiene una política monetaria restrictiva para controlar la inflación, esto se traduce en créditos más costosos para hogares y empresarios.
¿Y cómo golpea esto al Tolima?
La respuesta está en tres palabras: empleo, campo y costo de vida.
El Tolima registra una de las tasas de desempleo más altas entre los departamentos intermedios, con cifras cercanas al 13 % en zonas urbanas y con un subempleo que supera el 30 %. Muchos tolimenses no están sin trabajo… pero están intentando sostenerse con ingresos informales o que son insuficientes. El “rebusque” dejó de ser temporal para convertirse en un modo de supervivencia.
En el campo, el panorama no es distinto. El pequeño productor rural, el que cultiva café, cacao, plátano, fríjol o aguacate, está atrapado entre costos más altos y precios inestables. Según proyecciones del sector, los insumos agrícolas incrementaron su valor en más del 25 % en los últimos dos años, mientras que el precio del café ha tenido caídas que ponen en riesgo la rentabilidad del cultivo. Y el Tolima, siendo la cuna agrícola del país, no puede seguir cargando con un modelo económico que empobrece al campesino en lugar de impulsarlo.
A esto se suma la vulnerabilidad externa: un dólar que no da tregua, la dependencia del mercado internacional y la baja diversificación de nuestra economía. Cuando Estados Unidos o Europa estornudan, en el Tolima los productores terminan pagando la cuenta.
La gran pregunta es: ¿qué hacemos ante esto?
La respuesta no puede ser solo esperar a que “la economía mejore”. Se necesitan decisiones que pongan a los territorios en el centro:
* Impulsar la economía local, con apoyo real a los pequeños y medianos productores para que puedan producir, transformar y comercializar sin intermediarios que se queden con las ganancias.
* Créditos blandos y especializados para emprendedores, agricultores y microempresas, en lugar de tasas impagables que estrangulan los negocios locales.
* Formación para el empleo real, orientada a sectores como la agroindustria, las energías limpias, el turismo inteligente y la economía digital.
* Infraestructura productiva, no solo vías: centros de acopio, plantas de transformación, conectividad y tecnología en el campo.
El verdadero crecimiento no se mide solo en cifras del Banco de la República. Se mide en si nuestros niños pueden estudiar con alimentación asegurada, si nuestros jóvenes tienen un empleo digno, si nuestras mujeres tienen oportunidades de emprendimiento y si nuestros campesinos pueden vivir con dignidad de lo que producen.
Colombia puede estar creciendo…
Pero si en el Tolima el bolsillo sigue vacío, entonces ese crecimiento no alcanza. Es hora de hablar de una economía que toque tierra, que se sienta en nuestros barrios, veredas y municipios. Porque el desarrollo no puede seguir siendo un titular en Bogotá: debe convertirse en bienestar real para cada familia tolimense.
Adriana Avilés Alvarado
Directora nacional
Corporación Tejido Humano
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad