La historia de las relaciones entre hombres y mujeres siempre ha girado en torno a un principio implícito: el 50-50. No se trata de un número exacto, sino de la idea de reciprocidad. Desde la amistad hasta el trabajo, pasando por el amor, toda relación sobrevive en la medida en que cada parte aporta algo. Un empleado entrega su esfuerzo a cambio de salario. Nadie trabaja gratis.
En las parejas del pasado, el acuerdo era claro aunque desigual: los hombres ponían el dinero y las mujeres el trabajo doméstico. Ambos contribuían con el ciento por ciento de sus energías, pero en esferas diferentes. La economía del hogar funcionaba bajo ese pacto tácito. Hoy, pagar a una niñera, a una empleada doméstica y a alguien que cocine muestra lo caro que resulta el trabajo femenino que tantas veces fue invisibilizado.
Con la irrupción de la mujer en el mercado laboral y en la educación, ese esquema se modificó de raíz. Ya no podía seguir siendo “esclava de la casa” quien también aportaba dinero. La corresponsabilidad apareció como un mandato lógico: si ambos producen ingresos, ambos deben asumir las cargas del hogar. Las parejas funcionales lo entienden sin drama: quien más gana pone más dinero, y quien tiene más tiempo, más cuidado. El equilibrio es flexible, no aritmético.
El problema surge con los extremos. De un lado, algunos hombres jóvenes se niegan a aceptar el nuevo orden: no quieren proveer ni compartir responsabilidades, pero exigen los privilegios de sus abuelos. Del otro, ciertas mujeres confunden empoderamiento con desentenderse de todo aporte, esperando que el físico o el deseo basten como moneda de cambio. Ambos casos son caricaturas que terminan por alimentar el desencanto.
Lo preocupante no es solo la radicalización de los discursos, sino la desconfianza que ha generado. Los jóvenes, bombardeados por frases en redes sociales cargadas de resentimiento, empiezan a ver las relaciones como un campo de batalla y no como un proyecto común. Él acusa que lo quieren usar; ella replica que no está para servirle a nadie. Y así, el pacto del 50-50 se convierte en un 0-0 donde nadie da nada y todos pierden.
Más que una “guerra de sexos”, lo que estamos presenciando es una crisis de responsabilidad. No es un asunto de género, sino de madurez. En lugar de competir por quién debe menos, la verdadera revolución sería preguntarse cómo volver a construir proyectos de vida compartidos. Porque, al final, las relaciones no se sostienen con discursos ni con likes, sino con lo mismo de siempre: compromiso, esfuerzo y reciprocidad.
Este es un editorial de A la luz Pública.
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