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Del juego al caos: la rabia que se toma las calles de Ibagué

Una de las grandes pasiones de muchos hombres es el fútbol. Verlo, y más aún jugarlo con los amigos, se convierte en una terapia que libera endorfinas y oxigena el alma. Sin embargo, en mis últimos partidos lo único que he percibido es una dosis alta de adrenalina y cortisol.

Una epidemia de ira viene sacudiendo a Ibagué y se siente en el aire. En el tráfico, en las calles, en los parques y hasta en los centros comerciales. Lo que antes era un espacio de esparcimiento se ha vuelto un campo de batalla emocional. Las canchas recreativas, donde antes reinaba la camaradería, hoy parecen escenarios de apuestas a muerte: hay quienes discuten como si arriesgaran la finca, el orgullo o la vida misma por un simple gol.

Según un reporte de la Dirección de Seguridad y Convivencia de la Alcaldía de Ibagué, cerca del 70 % de los homicidios en la ciudad se originan en actos de intolerancia. Un dato brutal. ¿Qué nos está pasando?

En agosto y septiembre, por ejemplo, la Policía reportó más de 150 riñas atendidas solo en fines de semana, y varios de los ocho homicidios registrados en septiembre tuvieron como detonante discusiones entre conocidos o familiares. Es una fotografía de lo que ocurre en todo el país, pero en Ibagué el fenómeno parece más visible: una ciudad mediana, tranquila en apariencia, que empieza a enfermarse de ira colectiva.

No tengo memoria de que antes se hablara de riñas con machetes en centros comerciales, como ocurrió hace apenas unos días. Ni de peleas entre hinchas del mismo equipo en plena tribuna, como pasó el sábado en el partido entre Deportes Tolima y Deportivo Cali, ante la indiferencia de los demás que solo se limitaron a grabar con el celular.

La violencia ya no necesita causas ideológicas ni económicas: basta un roce, una palabra mal dicha o una mirada interpretada como desafío.

Hablo con muchas personas y todas coinciden en lo mismo: la ciudad está crispada. La anarquía se respira en las vías, donde el pito se volvió insulto y la norma es la excepción. Las palabras soeces y los gestos agresivos son el pan de cada día. ¿Será solo una percepción o estamos ante una descomposición emocional más profunda?

Es evidente que los temas de salud mental han cobrado protagonismo. Hay esfuerzos de la Alcaldía y la Gobernación por atender la problemática, pero todo indica que el problema va más allá de los consultorios: se trata de una crisis de valores y contención social. No basta con atender al violento; hay que preguntarse por qué la sociedad le da permiso para explotar.

Hace unos meses, un individuo alto, calvo y de barba tupida me empujó y me retó a pelear en medio de un partido recreativo, solo porque le reclamé una falta. Luego supe que es funcionario de la Gobernación del Tolima. Si ese tipo de actitudes se encuentran en personas con educación y responsabilidades públicas, ¿qué podemos esperar del resto de la ciudadanía?

Recuperar la calma no es un asunto menor: es una urgencia moral. Si no aprendemos a respirar antes de reaccionar, si no reaprendemos a respetar al otro, la ciudad se convertirá en una olla de presión donde cualquier chispa será tragedia.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General.

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