Por supuesto que saltarán los Grinch y dirán que hay que vivir cada mes con sus propias cosas.Sin embargo, todos los que amamos el duodécimo mes del año seguiremos viéndonos como gomosos e insoportables. No importa. No se sienta mal si usted es de los que ya adornó la casa con árbol incluido. Yo seré uno de ellos.
El año que se avecina vendrá cargado de política hasta la saciedad. La polarización será inevitable y, con ella, las discusiones entre amigos y familiares. Para los navilovers, esta es una época de tregua, y por eso se espera con tantas ganas: porque diciembre nos recuerda que aún hay espacio para la paz, aunque sea en medio del ruido.
Algunos “filósofos” califican estas fiestas como distracción para los pobres, y algo de razón pueden tener. Son los mismos que repiten que al pueblo le fascina el pan y el circo. No obstante, ¿qué sería de quienes no tienen recursos de sobra sin el consuelo de una diversión sencilla y elemental? A veces, un buñuelo y una risa compartida valen más que todo el lujo del mundo.
Diciembre es unidad familiar, reconciliación y alegría. No se trata de olvidar los problemas reales ni las luchas cotidianas, sino de encontrar un pequeño oasis en el desierto del año. Es respetable si no le gusta la Navidad, querido lector, pero si le gustara, no se abstendría de tantas cosas que hacen la vida un poco más amable.
Una vez termina Halloween y empieza noviembre, el olor a buñuelo y a natilla se hace presente en el aire. Los centros comerciales lucen sus adornos, los almacenes se visten para la temporada y la economía se activa: según la Federación Nacional de Comerciantes, el consumo en diciembre puede crecer hasta un 25 % respecto al resto del año. No es poca cosa; la Navidad, además de tradición, es el motor de muchas familias que viven de las ventas, los oficios y la informalidad.
La Navidad moderna en Colombia, por cierto, se consolidó en la década de 1950, cuando la publicidad de Coca-Cola introdujo de manera masiva la imagen de Papá Noel y el árbol decorado en los hogares urbanos. Fue el inicio de una nueva estética del consumo, pero también de una costumbre que unió a generaciones alrededor del mismo símbolo: la ilusión compartida. Desde entonces, diciembre dejó de ser solo una fecha religiosa para convertirse en un momento social, cultural y emocional que sigue marcando el pulso del país.
Sin embargo, diciembre también es espejo. Refleja lo que somos como sociedad: nuestra necesidad de afecto, de reencontrarnos, pero también nuestras ansias de mostrar y de aparentar. Por eso vale la pena preguntarse si tanta compra y tanto gasto compensan la paz que a veces se pierde.
Desde esta redacción exhortamos a no endeudarse con compras exageradas o innecesarias. Lo realmente importante en esta época es la unión familiar y el cariño sincero hacia los seres queridos. Esta temporada se disfruta incluso con una película navideña y una taza de chocolate caliente. El mejor regalo sigue siendo un abrazo, un perdón o un beso sin condiciones.
Esperemos que el fin de año no se amargue con el disparo de precios ni con el abuso de algunos avivatos. Que la intolerancia no cobre más vidas en las calles, sobre todo ahora que el consumo de licor aumenta y la prudencia parece ausentarse.
La responsabilidad al volante será clave. Si la gente bebe y maneja, las noticias de tragedias no se harán esperar. No se puede prohibir brindar, pero sí se puede exigir sensatez: casi todos los dramas de diciembre comienzan con un exceso.
Diciembre, al final, es una prueba de humanidad. Nos mide en empatía, en gratitud y en la capacidad de volver a creer en algo, aunque sea por unos días. Es la estación donde el ruido se mezcla con la nostalgia, y donde cada abrazo puede ser el último o el primero de un nuevo comienzo.
Por lo demás, a disfrutar del pregón decembrino y a prepararnos para la mejor época del año. Para quienes amamos el mes número doce, el tal noviembre no existe.
Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Editor General
A La Luz Pública – Noticias de Colombia La fuerza de la verdad