Esquinas arrugadas

Luis Carlos Rojas Garcìa, ‘Kaell García
Luis Carlos Rojas

Hace un par de años en la ciudad “musical” de Colombia, exactamente en la esquina de la calle Quince con Tercera al lado del negocio aquel en donde acude la gente a sacar sus fotos, se ubicaba un anciano al que algunos conocieron como Pata Falsa; dicho mote se lo pusieron gracias a que un periódico registró el momento en el que el hombre emprendía su huida cuando la Policía hacía una de sus acostumbradas batidas por recuperar el espacio público. Como si se tratase de esos milagros religiosos de las iglesias de garaje, Pata falsa se levantó y corrió, lo llamativo del asunto fue que en su cotidiano discurso lastimero argumentaba no poder caminar. La nota causó hilaridad entre los habitantes y llegó a contagiar, como cosa rara, a los noticieros de las emisoras que acostumbran a leer las noticias de los periódicos, los cuales se refirieron al asunto como la nota cómica del día. Lo curioso fue que no registraron que el hombre se estaba muriendo de hambre y de las enfermedades que lo aquejaban.

Cuando abordé a Pata falsa aquella vez, con una taza de sopa y algo de pollo que compré en el asadero más cercano, me contó que el dolor y las heridas de su pierna derecha se debía a las fuertes palizas que recibía por parte de la Policía. Nunca supe si lo que me dijo era cierto, pero lo que sí es verdad, es que meses después de aquella entrevista el anciano murió en esa esquina en donde acostumbraba a pedir su limosna, murió frente a la mirada fría de los habitantes de la ciudad de nadie.

Para ese mismo año, otro anciano, no tan conocido, fue encontrado muerto por los lados de la calle Once. Como cosa rara, los transeúntes se dieron cuenta del suceso sólo cuando hicieron el levantamiento del cuerpo. A estos dos hombres caídos en desgracia nadie los reclamó, no hubo ceremonia en la catedral, ni transmisión de televisión, ni marchas, ni siquiera se sintió la más mínima indignación por parte este pueblo de pensamiento folclórico, tan sólo la crónica que le hice antes y después de su muerte evidenció la miserable situación en la que se encontraba Pata Falsa.

Ahora bien, pese a la “gestión” de los gobernantes de esta ciudad, quienes cuando no están trayendo la basura de otras ciudades, están haciendo malas copias de campañas ciudadanas utilizadas por lo general en la capital para demostrar que son fuera de serie, seguimos encontrando casos como los antes nombrados. Sin embargo y aunque parezca algo de no creer, no todos los ancianos de la calle están contra de su voluntad. Es el caso de María, al menos así dice llamarse, la anciana cuya residencia es una cómoda esquina de la Veintiséis con primera A en el barrio San Pedro Alejandrino. Todos los días, faltando algunos minutos para las seis y como si se tratase de una rutina casera, María retira la botella plástica que lleva entre sus piernas, la misma que le sirve de catéter para depositar su orina, saca el amarillento líquido y lo vierte uno de los seis vasos cerveceros de plástico que carga consigo, sacude la botella y la introduce de nuevo entre sus partes nobles, se ajusta el pañal, que ya ni siquiera es blanco, recoge cartones y costales que le sirven de cobija y colchón, se levanta con dificultad, lleva el vaso con la orina hasta la alcantarilla del lugar, la tira y luego emprende su camino hacia las casas vecinas para pedir el pan de cada día.

Cuando se le pregunta a María por su familia o su situación, automáticamente su discurso religioso sale a flote. Amenazas sobre la venida de su Dios, maldiciones y más, típico de fanáticos como ella, salen de su boca. Los vecinos que conocen algo sobre su vida aseguran que es de Honda, Tolima, que lleva algo más de veinte años en la calle, de los cuales doce los ha vivido en Ibagué y ha dormido por más de siete años en la misma esquina. En varias oportunidades, me dice la dueña de la tienda ubicada en el sitio, un hijo de María llega en su carro, la recoge, se la lleva a su casa, dura unos días sin aparecer y cuando regresa llega contando que se logró volar de las garras de esa gente, porque eso de vivir con la familia es de lo peor.

Resulta entonces curioso y hasta perturbador pensar en la razón por la cual María y otros ancianos prefieren vivir en la calle antes que con su familia. Por lo general se culpa a las drogas y otros vicios, pero aquí estamos frente a algo más. A lo mejor todas estas situaciones tienen que ver con el contexto desajustado de nuestra sociedad actual. No cabe duda que vivimos en una época en donde las apariencias valen más que cualquier manifestación de piedad o de amor, un tiempo en donde no hay espacio para las personas de cierta edad, género o color, sin importar cuánto hayan hecho para dar de comer, vestir y proteger a quienes luego los confinan a la comodidad del asfalto. Pareciera que a muchos les da igual ver a estos seres humanos convertidos en un bulto de carne, costales y cartón, los mismos que pasan sus días morando en las esquinas arrugadas de esta excluyente “civilización”. Por todo lo anterior mi querido lector, se ha preguntado: ¿Qué quiere ser y hacer cuando sea anciano?

Por: Luis Carlos Rojas García, Kaell, escritor.

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