Gente de bien

Luis Carlos Rojas García

Dicen los que saben que ante la ley y ante Dios todos somos iguales. De hecho, en muchas Constituciones Políticas, Cartas de libertades o Derechos humanos o como se les quiera llamar, de distintos países, se habla de igualdad entre hombres y mujeres.

Sin embargo, una cosa es lo que dice el papel y otra muy distinta es lo que realmente sucede. Dicho en otras palabras, en teoría, todos somos iguales, pero, las dinámicas de las sociedades nos demuestran que hecha la ley, hecha la trampa.

Por esta razón, no es sorprendente que exista el norte y el sur o mejor dicho, que existan los del norte y los del sur. La familia rica y la familia pobre; los que no se levantan pensando en que no tienen para comer y los que se levantan con el estómago vacío. Los que mandan a sus hijos a estudiar al extranjero y los que tienen que esconder a sus hijos para que no se los lleve algún grupo paramilitar, guerrillero o para que el Ejército no los desaparezca con cuentos.

Por supuesto, esta clasificación es tan antigua como el mismo ser humano. No importa cuántas protestas, cuántos documentos, cuántas leyes y demás, contemplen el ideal de una sociedad con igualdad de condiciones, siempre estarán los de arriba y los de abajo y en una posición algo irrisoria o como una suerte de limbo, los del medio.

Ahora bien, esta clasificación tiene sus momentos de aparente equilibrio, por ejemplo, cuando se necesitan votos, los de abajo se vuelven bastante apetecidos por los de arriba, por esa gente de bien que solo piensa en el bienestar colectivo; cuando se necesitan ajustar algunos impuestos para tapar los huecos que se abrieron por culpa del desfalco, los de abajo y los del medio se equilibran, mientras que los de arriba toman las mejores decisiones para que el sistema siga su curso.

Lo mismo ocurre en la guerra, cuando se trata de poner a los muertos, son los de abajo quienes los  ponen, y en menor medida los del medio también, pero, jamás, la gente de bien, o sea los de arriba, esos seres especiales que son casi unos dioses o semidioses, llenos de sabiduría, los mismos que proponen cosas como: armar a la gente de bien o darle el dinero de los de abajo a los de arriba.

Así es, la gente de bien está por todas partes, no solo en Colombia, no; la gente de bien tiene sus dominios a lo largo y ancho del planeta, son los amos y señores, el ejemplo a seguir, el prototipo ideal que algunos quieren llegar a ser. Y digo algunos, porque no creo que usted o yo, queramos hacer parte de este grupo selecto que no escatima esfuerzos para llevarse a los demás por delante.

Por todo lo anterior, no sería raro que un día, a la gente de bien, quienes proponen de todo un poco con sus articulitos amañados, les dé por recrear un escenario parecido al de aquella película taquillera llamada La Purga, en donde una vez al año el crimen, la violencia y los desmanes, se toman al país, mientras la gente de bien se queda en sus casas protegidos hasta los dientes y los otros, los de abajo y algunos del medio, luchan por sobrevivir.

Esperemos entonces, qué más nos proponen la exclusiva y maravillosa: ¡Gente de bien!

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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