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Luis Carlos

La cajita de sorpresas

Cuando la dulce y pecaminosa Mademoiselle Roxanne recibió la cajita de sorpresas de parte del Marqués de Lagos, quedó totalmente sorprendida. No podía creer que aquella tarde a orillas del río Grenouille, con su perfecta y exquisita desnudez al aire, aquel hombre hecho de roble y de rostro de lobo fatigado, no fuese capaz de abalanzarse sobre ella para después desgarrarle las entrañas en un acto de autentica lujuria diabólica.

No podía creer que su apetecido sexo de aroma de flores fuese desperdiciado por el hombre con el que soñaba los sueños más oscuros.

Llevaba días planeando ese encuentro; tenía todo calculado, desde no llevar ropa interior, hasta el lugar y el momento. Pero, toda su ensoñación se fue al caño cuando el Marqués, observándola de arriba abajo con una tranquilidad aterradora, como si no sintiera nada al ver el cuerpo desnudo más perfecto que cualquier hombre sobre la faz de la tierra pudiese haber visto, se inclinó, tomó las prendas de la jovencita y como un padre a su hija enferma, la cubrió con las mismas.

Ni siquiera la altanera reacción de Mademoiselle Roxanne lo tomó por sorpresa; por el contrario, el hombre, en completo silencio, sacó una pequeña cajita que llevaba en su mochila de cuero y se la alcanzó, para después decirle que, si podía guardarla sin abrirla y sin contarle a nadie de la existencia de la misma durante siete días, todo lo que siempre había deseado se le cumpliría. Solo tenía que tener paciencia, ser reservada, discreta y, sobre todo, confiar; pero, si por no cumplía la consigna, algo terrible pasaría.

El Marqués se marchó dejando a la jovencita ardiendo en deseos y con una furia incontenible. Caminó lentamente, sin afán, mientras escuchaba los insultos de la chica. Luego, tanto los improperios como el Marqués desaparecieron.

Mademoiselle Roxanne regresó a su casa y buscó a su hermana, le contó lo sucedido y luego le mostró la cajita de sorpresas; las dos se quedaron pensando y decidieron no abrirla hasta no contarle a su madre, por supuesto, evitando el asunto aquel de la ropa y de los sentimientos lujuriosos de la joven.

Sin embargo, su madre llegaba hasta la noche, así que decidieron hablar con dos de sus amigas las cuales quedaron sorprendidas y le pidieron incluso que abriera la cajita cuanto antes. No obstante, Mademoiselle Roxanne prefirió esperar. No sabía qué hacer exactamente.

Al cabo de tres días todo el pueblo de Saint – Grenouille estaba enterado de la situación. Fue así como comenzaron los comentarios, los rumores, las especulaciones sobre la actitud del Marqués de Lagos, el comportamiento de Mademoiselle Roxanne y el contenido de la cajita de sorpresas, sobre todo, el contenido.

Nadie en el lugar tenía otro tema de conversación, muchos incluso, no dormían, pensando que dentro de la cajita se escondía una suerte de tesoro. Ocurrió entonces, que la gente comenzó a sentirse enferma, tos y fiebre y un extraño salpullido invadió a los habitantes, quienes, no dudaron por supuesto, en atribuir la enfermedad al contenido de la cajita de sorpresas.

Fue así como al quinto día a alguien se le ocurrió decir que la cajita estaba embrujada, que tenían que abrirla y después quemar lo que hubiese adentro, que el Marqués de Lagos era un brujo muy poderoso y que convertiría a todas las jovencitas del pueblo en brujas que a su vez serían sus esclavas sexuales. Sin dejar de lado, por supuesto, que la maladie era culpa también su culpa.

El rumor caló en la mente de los pueblerinos y un santiamén se convirtió en un grito maldito que enervaba a unos y otros. Como era de esperarse, todo esto llegó hasta los oídos de Mademoiselle Roxanne quien para ese instante había tomado una actitud meditabunda, ensimismada, no hablaba con nadie, ni siquiera con su familia puesto que estos la miraban como si fuese un bicho raro.

Llegó el día seis y la gente decidió entonces exigirle a la chica que entregara la cajita. La chica recordó las palabras del Marqués de Lagos y sin poder evitarlo comenzó a sentir un ataqué de pánico y excitación, corrió a esconderse en su habitación sin importarle los gritos de sus padres que le exigían entregara la cajita. Entonces, la abrió y lo que vio dentro de la misma la dejó perpleja.

La muchedumbre se armó de palos y piedras y entraron a la casa de Mademoiselle Roxanne. El día se oscureció y alguien gritó que todo era por la maldición que había dentro de la cajita. Sacaron a la chica arrastras, unos la apaleaban, otros le lanzaban escupitajos y piedras. Le rompieron las vestiduras, la llevaron hasta la plaza del pueblo y llamaron al verdugo.

Ni siquiera su familia hizo nada por defenderla. Todos estaban convencidos que la maldición de la cajita de sorpresas había caído sobre el pueblo y que la única manera de acabar con ella era quemándola junto con su dueña.

Amarrada a un tronco grueso, rodeada de leña, totalmente desnuda, con la piel ajada, con varios lazos rompiéndole la carne, con la sangre recorriéndole su hermoso cuerpo, con la cajita de sorpresas a su lado abierta al público y haciendo un esfuerzo casi sobre humano, Mademoiselle Roxanne miró a la enardecida muchedumbre que exigía les dijese qué había dentro de la cajita.

Temblorosa y con su último alimento la jovencita grito desafiante:

¡Nada! Il n’y avait rien dans la petite boîte de surprise!

Para después reír a carcajadas entre lágrimas mientras las llamas la devoraban como hubiese querido que el Marqués de Lagos la devorara aquella mañana en donde le había tendido tan espantosa trampa y que, solo al abrir la cajita de sorpresas, había podido comprender su infantil error sin que pudiese hacer nada por cambiarlas las cosas.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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