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Llegó la hora de los Pinochos de la política

Decían los abuelos, en épocas de antaño, que el valor de un hombre reside en su palabra. Con los años, esa máxima se fue erosionando hasta invertirse por completo, y hoy la consigna parece ser otra: mienta hasta que la verdad parezca una utopía.

Los políticos saben mucho de esto. Cuando no cumplen, hacen sentir a la gente que no pudieron, que el sistema se los impidió o que las circunstancias jugaron en contra. Sin embargo, la realidad demuestra que sí existe un cambio cuando se llega al poder… aunque no precisamente el que esperan los ciudadanos.

De eso trata esta columna: de los Pinochos. Esos personajes que desaparecen durante meses y, como por arte de magia, reaparecen en época electoral con una “nueva” propuesta. Mentira. Siempre recurren al mismo relato gastado: el viejo cuento del cambio.

Algunos dirán que no hay transformaciones y que todo sigue igual. No es del todo cierto. Sí hay cambios: cambian de casa, cambian de camioneta, cambian de estilo de vida. Cambia la suerte de ellos y de sus más cercanos. En síntesis, el cambio existe, pero es exclusivo para los elegidos, no para quienes les dieron el voto.

La política en Colombia se ha convertido en un negocio. Se invierten fuertes sumas de dinero para llegar al poder; luego hay que recuperar lo invertido a través de contratos, favores y negocios con el erario. Más adelante, se asegura el futuro económico del entorno cercano. Al pueblo, apenas las migajas.

Un político ético no es el que nunca se equivoca, sino el que responde por sus errores y no los disfraza. La mentira sistemática no es una estrategia de campaña: es una forma de desprecio al elector. Y cuando el engaño se vuelve costumbre, la democracia se degrada hasta convertirse en una simple transacción.

Con esta realidad sobre la mesa, no se avizoran transformaciones profundas, y menos en una contienda legislativa donde ganan quienes tienen maquinarias aceitadas y millones para financiar campañas. Aquí, el voto de opinión sigue siendo frágil y minoritario.

La verdad es incómoda: son muy pocos los políticos éticos, y muchos de los ciudadanos que sí lo son prefieren mantenerse a kilómetros de la política. Existen excepciones, claro está, pero son escasas.

La pregunta entonces es inevitable: ¿cómo reconocer a un mentiroso de un candidato serio? La respuesta la dio Jesucristo hace más de dos mil años: “Por sus frutos los conoceréis”. Quien no tiene obras solo tiene excusas, y quien vota sin exigirlas termina siendo socio del engaño. La mentira no gobierna sola: necesita electores que la toleren.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General

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