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Petro, Maduro y el precio de jugar en la cornisa

Este fin de semana, mientras el mundo observaba con preocupación un nuevo episodio de tensión entre Estados Unidos y el régimen de Nicolás Maduro, en Colombia volvió a surgir una pregunta incómoda: ¿hasta dónde está dispuesto Gustavo Petro a llevar su política exterior… y cuánto está dispuesto a pagar por ella?

Porque lo ocurrido no fue un hecho menor ni aislado. Fue, una vez más, la constatación de que Venezuela sigue siendo el epicentro de una disputa geopolítica donde se cruzan intereses energéticos, seguridad hemisférica, narcotráfico y poder. Y en ese tablero, Petro ha decidido no ser un espectador neutral, sino un actor visible, vocal y, a ratos, desafiante frente a Washington.

El presidente colombiano optó desde el inicio de su mandato por rehabilitar políticamente a Maduro, tenderle la mano, abrir la frontera y presentarse ante el mundo como su interlocutor válido. Apostó a la diplomacia del abrazo, a la narrativa de la soberanía y al discurso de la no intervención. Pero la pregunta es inevitable: ¿esa apuesta todavía rinde frutos o empieza a convertirse en un lastre?

Estados Unidos no se mueve por afinidades ideológicas sino por intereses. Y cuando actúa —o amenaza con hacerlo— lo hace sin pedir permiso, sin poesía y sin rodeos. Petro lo sabe. Lo sabe cuando levanta la voz en defensa de la soberanía venezolana, pero también cuando guarda silencio prudente para no dinamitar del todo una relación estratégica que Colombia no puede darse el lujo de romper.

Porque, más allá de los discursos, Colombia depende de Estados Unidos en asuntos clave: cooperación militar, lucha contra el narcotráfico, comercio, inversión, certificaciones, respaldo financiero internacional. Jugar a la equidistancia moral entre Maduro y Washington puede servir para el aplauso de algunas tribunas ideológicas, pero no necesariamente para la estabilidad de un Estado.

Petro enfrenta hoy una encrucijada peligrosa. Si se alinea sin matices con la defensa de Maduro, corre el riesgo de aislar a Colombia de su principal aliado histórico. Si toma distancia, traiciona la narrativa que él mismo construyó sobre integración latinoamericana y soberanía regional. En política exterior, como en el ajedrez, hay jugadas que no admiten marcha atrás.

Y mientras tanto, en la frontera, la realidad no espera comunicados: migración, economías ilegales, grupos armados, contrabando, narcotráfico. Todo lo que ocurra en Venezuela termina golpeando primero a Colombia. No a los discursos, sino a los municipios, a los hospitales, a la seguridad y al tejido social.

Petro quiso ser el puente entre Maduro y el mundo. Este fin de semana quedó claro que ese puente tiembla. Y cuando los gigantes se mueven, los países intermedios pagan el remezón. La historia juzgará si el presidente colombiano fue un audaz defensor de la autodeterminación de los pueblos o un gobernante que confundió la épica ideológica con el interés nacional.

Por: Gustavo Adolfo Osorio Reyes

Abogado especialista.

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