Luis Carlos

Por las calles de Babel: de don Julio y doña Samantha

No puedo negar que me causó bastante curiosidad ver a ese par; me refiero a Don Julio y Doña Samantha. De hecho, estoy seguro que todos en el lugar, de haber hecho una reunión para conocer su percepción y opiniones sobre estos dos personajes, hubiesen estado de acuerdo conmigo que no eran precisamente de esas parejas que uno ve todos los días.

Entre risas y dolores, recorrieron los fríos pasillos del hospital en donde ofrecían a diestra y siniestra Morfina para todo el mundo; con decirles que si yo hubiese sido humano hasta me inyectan y me hubiesen tenido levitando de habitación en habitación con mi hoz de juguete y descuidando mi trabajo por culpa del psicodélico viaje.

Como sea, llegué a eso de las diez de la mañana, algo tarde sí, pero, ese día quería hacer algunos cambios en mi rutina de arribar por las noches y pedir los boletos de viaje a los condenados a muerte en mi lista. Quería improvisar un poco, a decir verdad, dejar de sentirme como la sombra de la noche, como el ladrón que furtivo se roba las almas de los desvalidos y fue ahí en donde me los encontré.

Don Julio, un hombre entrado en años y doña Samantha, una mujer con alma de niña, recorrían el pasillo rojo en busca de la sala de rayos X. Don Julio se retorcía de dolor, pero, no paraba de reír con los chascarrillos que su hermosa mujer le hacía para apaciguar un poco el tormento por el que atravesaba el anciano.

En verdad les digo que me fue difícil separarme de ellos, tenían una vibra tan bonita como hacía tanto tiempo no percibía. Doña Samanta comenzó entonces a contarle a don Julio una historia, una comedia para ser exactos, sobre la muchedumbre atiborrada en un hospital y la manera como una pareja, que no eran otros que ellos mismos, burlaban a la muerte.

Bueno, esa parte no me pareció tan graciosa porque de mí nadie se burla, pero, lo contó con tanta gracia que no pude evitar dejar salir una de mis espantosas carcajadas y todos en el lugar se estremecieron. Tuve entonces que taparme la boca para no terminar de asustar a los protagonistas de mi lista que, por cierto, no había tenido tiempo de revisar.

Las horas comenzaron a pasar y entre más detallaba a la pareja más comenzaba a sentir aprecio por ellos; de hecho, y aunque ustedes y yo sabemos exactamente cuál es mi labor, desee que nunca, nunca tuviese yo que separarlos.

Sus sonrisas, sus caricias, el brillo en sus ojos y la dulzura en sus palabras me hicieron querer poder llegar a experimentar un amor tan bonito. Un amor como esos que no se ven en este mundo en donde los seres humanos todo lo resuelven a punta de morfina, cualquiera que sea, desde el alcohol hasta escapar a algún lugar o incluso, inyectarla para dejar de sentir.

El reloj marcó las siete en punto cuando recordé que tenía que hacer mi trabajo. Sonreí, sí, sonreí y aunque no me podían ver, les hice una señal de hasta pronto con mi cadavérica mano. Di media vuelta, casi en cámara lenta; entonces le escuché decir a don Julio:

—Gracias por ser luz y música en mi vida. No me sueltes nunca amor mío.

A lo que doña Samanta respondió:

—¡Nunca mi amor! ¡Siempre estaré para ti!

Y luego se fundieron en un romántico y tierno beso. Un beso mágico, sincero, cálido y tan eterno como la misma eternidad.

Dirán ustedes que soy una embustera porque la muerte no tiene sentimientos, pero, no miento cuando les digo que mi escuálido cuerpo se estremeció y sentí unas inmensas ganas de llorar al levantar mi lista y leer el primer nombre en ella:

—Don Julio García.  

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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