La sociedad colombiana atraviesa por una de las temporadas cíclicas más complicadas de su vida democrática, como es su selección de los aspirantes a Congreso de la República y la Presidencia, con el agravante de que en esta oportunidad los precandidatos pasan de 100, lo que nos lleva a pensar que cualquiera puede serlo, ya que los requisitos son básicos, ser colombiano y tener más de 30 años, no se requiere saber leer, ni escribir y eso es lo que llamamos con orgullo patria que Colombia es una democracia y que somos libres.
A esta claridad constitucional le agregamos, otra realidad que nos carcome y es que el centenar de precandidatos son “más verbo que contenido” y así ha sido siempre la historia nacional. Los conocemos en campaña, querendones y con una endemoniada artillería verborreica, de solo promesas para todo y todos.
Hubo un caudillo, un dirigente nacional a mediados del siglo pasado que encarnó al pueblo, que no alcanzó a ser presidente porque lo asesinaron, pero su dominio emergía de su carisma y elocuencia, no de ningún prestigio administrativo, ni de construcción programática social.
A manera de anécdota, en un pueblo, hubo un candidato a una dignidad local, con una locuacidad impresionante, que en campaña prometía arreglar las dificultades persona a persona, en donde su asistente consignaba cada solicitud y solución: una beca a Arturo que terminó bachillerato, diez bultos de cemento a José terminación de su casa, pavimentación de la vereda el Arepazo, un novio para la viuda Agripina, etc.
Y es que nuestro problema no es ni el tamal, ni la teja de zinc, ni nada que se le parezca. Esas son críticas mediocres y carentes de creatividad, como le respondió Carlos Gaviria al periodista que le preguntó sobre su opinión frente a los que le decían que era papá Noel. Nuestro problema es la ausencia de honestidad, de seriedad, de programas, de conocimiento de la realidad del país y de la cosa pública, del estado de la finanzas y de lo que en realidad se puede hacer y/o gestionar con éxito.
En un programa de gobierno cabe de todo, de lo humano y lo divino para hacer con recursos propios o empréstito responsables en beneficio del pueblo, pero a la hora de la verdad qué de todo eso es factible sin dañar la sociedad y las finanzas; he ahí el asunto por resolver.
Muchas de mis apreciaciones son políticamente incorrectas, o sea que no suenan a gloria en algunos sectores de poder, pero así es la cosa, por eso ahora que se habla de reforma constitucional social, hagámosla, pero no para perpetuar egos en el poder, sino de reglas que nos indiquen para dónde vamos, cómo se deben hacer o deshacer las cosas, no que cualquier anuncio o ley se vuelva una incertidumbre o una amenaza. Por ejemplo, los candidatos presidenciales deben cumplir con requisitos formativos y sus programas de gobierno y posteriormente sus planes de gobierno a un control técnico y si el polígrafo sirve, pues hagámosle.
Debe haber reglas claras para todo, desde la preinscripción hasta saber qué hacer si el jefe se enloquece en su ejercicio de gobierno. En fin, todo es todo, no dejar nada a la deriva, a la subjetividad o la interpretación o peor a la sabiduría del rey Salomón o a las locuras de nuestros vecinos.
NOTA SUELTA. Se van a cumplir dos años de los gobiernos locales, término que los entendidos consideran como prudente para los análisis técnicos del avance de sus programas, especialmente en localidades donde no hay control social alguno y los medios de comunicación son sus oficinas de información.
Por: Miguel Salavarrieta Marín
Comunicador social.
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