En este mundo de banalidades, pocas cosas producen más risa que leer en redes sociales frases como: “El mundo es de los fuertes” o “solo los guerreros llegan a la cima”. Suena ridículo cuando proviene de personajes que van al gimnasio, pero se derrumban con una simple gripe.
Que no se me malinterprete: cuidarse es valioso, y hacer ejercicio moderadamente es un gran aliado para la salud física y mental. Pero creer que levantar una mancuerna es un acto heroico resulta irrespetuoso con quienes verdaderamente luchan. La diferencia la marca la resiliencia, no la proteína en polvo.
Estar metido siete días a la semana, tres horas diarias en un gimnasio, no te hace un guerrero. Tal vez sí disciplinado, sobre todo si compites profesionalmente. Pero, más que guerrero, eres afortunado: puedes comer seis veces al día y gastar en tu cuerpo lo que miles de familias colombianas invierten en todo su sustento mensual.
Un “like” por admiración —o atracción, porque somos seres sexuados— no significa que hayas llegado lejos en la vida, mucho menos que seas un luchador. El ego inflado siempre encuentra un alfiler dispuesto a pincharlo. No confundamos autoestima con egocentrismo: nadie escapa de las desavenencias.
He conocido verdaderos guerreros:
Un médico veterinario que trabajaba con amor hacia los animales mientras padecía un cáncer avanzado.
Un amigo que perdió a sus padres en menos de dos años y, a pesar de la tristeza, sigue trabajando de sol a sol.
Jóvenes deportistas de Indeportes Tolima que entrenaban en condiciones precarias y aun así se consagraban a su disciplina.
El colombiano promedio que se parte el alma por su familia.
El niño rural que camina dos horas para llegar a la escuela, donde quizás recibe su único alimento del día.
La mujer que con un pequeño puesto de dulces sostiene a cinco hijos.
Vivimos tiempos superficiales: gimnasios llenos, librerías vacías. Gente que comparte frases de autores que nunca leyó, convencida de que la fama virtual equivale a importancia real. Pero muchos de sus seguidores tienen la profundidad de un charco de agua.
No olvidemos que somos más que una envoltura carnal. Nuestro cuerpo, estético o no, terminará deteriorado y volverá al polvo. Ya en la India del siglo V se enseñaba a los ascetas a desligarse del apego físico enumerando las 32 partes del cuerpo: sangre, bilis, moco, grasa, excremento… Lo importante no está en la envoltura, sino en lo que el ser genera: afecto, conocimiento, ideas, apoyo, humor, serenidad.
Enamorémonos del ser, no solo de la apariencia. Si te enamoras únicamente de un cuerpo, recuerda que lo que produce no siempre es tan bello como su forma.
Respetemos a los verdaderos guerreros y dejemos de aplaudir lo trivial.
Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy
Editor General
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